Guerra y Revolución española, un debate para la sociología

– Introducción

A comienzos del siglo XX España era un país atrasado, donde el 70% de sus habitantes vivía de la tierra, que estaba concentrada en muy pocas manos. Los campesinos sufrían por eso mismo muchísimo hambre. Producto de la incipiente industrialización española, iniciado con la primera guerra mundial, se revirtió poco a poco el bajo desarrollo que sufría, concentrando principalmente en Barcelona, y otras ciudades, a la mayor cantidad de obreros industriales. Hacia la década del ´30, España poseía unos 23 millones de habitantes, de los cuales un millón y medio eran obreros industriales, concentrados mayormente en la región de Cataluña, conformando el 45% de su población[1].

Había quedado muy atrás su etapa de florecimiento imperialista, y para la década del ´30 el sistema capitalista mundial de entre guerras estaba caracterizado por la debacle económica, producto de la gran crisis del ´29, por la descomposición de los Estados Nación (que también había afectado a España), su posterior descomposición en bonapartismos, y el avance del fascismo en determinados países, que provocaría el ´39 una segunda guerra mundial imperialista.

Su composición social dominante se dividía en la nobleza latifundista, el clero católico y su monarquía, y la clase burguesa y sus intelectuales. Como decía Trotsky, tanto las viejas, como las nuevas clases dominantes, intentaron conservar sus pretensiones, pero a través de nuevos recursos, que tuvieron que logran para alcanzar la legitimidad de las masas, que ya se empezaban a manifestarse descontentas con el régimen, y empezaba a exigir una salida democrática radical, que inevitablemente atentaría contra la propiedad privada de las clases dominantes.

El 23 de septiembre de 1923 el golpe de Estado del General Primo de Rivera, apoyado por la burguesía, los mandos militares y el rey Alfonso XIII, logró imponer una dicta­dura militar. Para ese entonces la Iglesia Católica era el mayor terrateniente urbano, que a su vez controlaba la educación, y era subsidiada con grandes recursos por parte del Estado. El ejército era fuerte, y tenía anclaje real en las clases altas. Éste, junto a la Iglesia, formaran el sustento del Rey Alfonso, y serán una fuerza reaccionaria fuerte, que el proletariado se tendrá que ocupar de abolir.

España en ese entonces conservaba su colonia en Marruecos. En 1924, la localidad marroquí de Rif provocará un levantamiento anticolonial, que será reprimido gracias al acuerdo con Francia para combatirlos.

En 1925 terminará formalmente la dictadura, y el mismo Primo de Rivera asumirá como primer ministro.

Con la crisis económica mundial del ´29, que afectó de lleno a la atrasada y débil España, creció el descontento popular, se debilitaron las instituciones monárquicas, y se agudizaron las diferencias sociales, hundiendo en la miseria a las masas populares. En ese mismo año, el gobierno estableció el cierre de las universidades para aplacar a los estudiantes opositores, quienes empezaron a plantear la unión obrero-estudiantil contraria al régimen.

A principios de 1930, se sucedieron grandes oleadas de luchas obreras, que provocaron la caída del primer ministro, mientras obreros y estudiantes marcharon con banderas rojas y republicanas, y enfrentaron a la policía.

– La II República

El 14 de Abril de 1931 fue proclamada la II República, con el ascenso de la oposición al régimen, apoyada por la burguesía, con Azaña a la cabeza, quien se mostró incapaz de poder manejar la situación política, mientras que igualmente se dio comienzo al proceso revolucionario español. Aunque el rey Alfonso no abdicó, se tuvo que exiliar, producto del descontento popular que se simboliza en manifestaciones en toda la región, con la quema de Iglesias y conventos, con ataques a monárquicos, y exigencias de arresto a sus dirigentes y prohibición de sus organizaciones. En Junio de ese mismo año, se llamaron a elecciones a las Cortes Constituyentes, donde triunfó la coalición republicano-socialista. Durante el último mes del año, se aprobó la nueva Constitución, al calor de oleadas de agitación campesina en Andalucía.

Ya en ese entonces el gobierno republicano se enfrentaba a una conflictiva situación política, mientras pedía calma a las masas que se levantaban. La burguesía estaba ante un escenario que exigía medidas urgentes, que no realizaría: liberación de su colonia africana, Marruecos; autodeterminación de catalanes y vascos; escisión total de la Iglesia y el Estado; reforma agraria que cediera tierras a campesinos, y paliara la pésima situación en la que se encontraban[2].

El nuevo año los encontrará con nuevas sublevaciones campesinas en Castilblanco y Arnedo. A la par que levantamientos dirigidos por los anar­quistas en Cataluña, y grandes hervideros de huelgas políticas.

En agosto de 1932, parte del ejército (que no había sido desmantelado por los burgueses) buscó la restauración del régimen monárquico, y se sublevó en Sevilla, aunque finalmente fracasó. La República se encontró en una encerrona entre la reacción y la revolución.

– “Comunismo Libertario” en Andalucía, 1933

El 11 de enero de 1933 se produce el levantamiento campesino de Casas Viejas en Andalucía, impulsados por anarquistas que instauran el “Comunismo Libertario”, producto de que la república para ellos seguía generando hambre, ya que no había realizado la reforma agraria, razón por la cual expropian tierras a terratenientes. El gobierno del demócrata Azaña los reprimió fuertemente, enviando a la Guardia Civil, generando grandes críticas desde la izquierda, mientras que a su vez la derecha también lo hizo, pero por no poder instaurar el orden. El saldo fue 9 mil presos políticos, en su mayoría anarquistas.

– El ascenso del fascismo

El fascismo ascendió orgánicamente al crearse la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), de la mano de Gil Robles. En el mismo año también fue fundada por Miguel Primo de Rivera (hijo del ex dictador) la Falange española, inspirada en el movimiento ita­liano de Mussolini, bajo las consignas de unidad, autoridad y la sustitución de lucha de clases, por igualdad de cooperación. La coalición derechista ganó las elecciones parlamentarias de noviembre del ´33, producto del descontento generalizado con la república. Fue electo presidente Lerroux, quien en septiembre de 1934, ingresó en su gobierno a 3 ministros de la CEDA. Producto de esta alianza política fascista, las alianzas Obreras y la UGT declararon la huelga general en todo el país.

Pero el ascenso del fascismo español era producto también del ascenso en otros países. En el ´33 el III Reich Alemán se había constituido, a la cabeza de Hitler, acentuando la reacción fascista, destrozando a las organizaciones obreras, ante la falta de resistencia del PC, mientras que la burguesía preparaba una nueva guerra mundial imperialista. Mientras tanto, la URSS profundizaba su tendencia a un régimen burocrático, que perseguía y expulsaba a sus militantes revolucionarios disidentes producto de la deformación del estado obrero soviético. Esta política dificultó la posibilidad de una salida revolucionaria triunfante, ante el avance del fascismo.

– Comuna Obrera y Campesina de Asturias, 1934

En octubre se produjo la insurrección de los mineros de la cuenca de Asturias, quienes ocuparon cuarteles de la Guardia Civil, fábricas de cañones, se apoderaron de las armas del ejército, se adueñaron del territo­rio, y declararon la Comuna Obrera y Campesina de Asturias, formando Guardias Rojas para establecer el orden público, cedieron tierras a campesinos, crearon Tribunales Revolucionarios que juzgaron a sus enemigos, y durante 15 días lucharon fervientemente contra la reacción fascista, que estaba comandada desde Madrid por Franco, quien se había formado militarmente en la colonia africana de Marruecos. El Gobierno republicano los bombardeó y Asturias quedó aislada. El saldo ascendió a 3 mil muertos y 70 mil presos políticos, y se instauró el “Bienio Negro” un periodo reaccionario, de dura repre­sión contra el movimiento obrero y campesino y suspendió las autono­mías nacionales formales conseguidas. La derecha gobernó y la clase obrera retrocedió, a la par la ilegalización de sus acciones, periódicos, etc. En ese entonces, en Cataluña también se produjo un nuevo levantamiento separatista que también fue derrotado.

En la Comuna de Asturias, el proletariado tomó el poder con las alianzas obreras que habían impulsado Nin (Oposición de Izquierda comunista) y Maurín (Bloque Obrero y Campesino). El Gobierno demócrata-reformista de Azaña y Companys traicionaron a la revolución proletaria impidiendo el armamento obrero, lo que hizo que capitularan sin combatir. Las direcciones de los partidos obreros no tomaron esta enseñanza de la traición burguesa cuando se volvieron a aliar en el ´36 con los demócratas burgueses y firmaron un programa común de “reforma” del Estado.

En el ´34, producto del alza revolucionaria, los obreros parisinos se sumaron a la oleada huelguística y tomaron fábricas. A su vez la Internacional stalinista lanzó la política de Frentes Populares, para mantener el orden europeo, privilegiar la burocracia soviética, y proponer la colaboración de clases con la burguesía, para combatir al fascismo, llevando a la práctica su política del socialismo en un solo país, contraria a los principios del internacionalismo marxista.

– Nacimiento del POUM

En 1935, producto de la fusión de la Oposición de Oposición de Izquierda comunista, dirigida por  Nin, quien tenía una gran relación personal con León Trotsky, y el Bloque Obrero y Campesino, dirigido por  Maurín, quien venía del ala derecha del comunismo internacional, se fundó el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). Éste en el ´36, participará de las elecciones dentro del Frente Popular, junto con sectores de la burguesía, quien en palabras de Trotsky, traicionará a la revolución, por no respetar la independencia de clase, planteada por Marx y profundizada por el mismo Trotsky, en su teoría de la revolución permanente como teoría auxiliar del marxismo.

– El Frente Popular de 1936

En febrero de 1936 se impuso el Frente Popular en las elecciones, con un nuevo apoyo masivo de las masas, a pesar de su programa moderado similar al del ´31.

Para Jean Rous, en el Frente Popular, los “comunistas” fueron los propagandistas más activos de la colaboración de clases, aunque el POUM luego rompió el pacto, alegando que había sido sólo un interés electoral. Los jefes anarquistas de la CNT también se comprometieron a apoyar el Frente, sin expresarlo públicamente por su adhesión a los principios anarquistas.

Azaña, como presidente, a pesar de preocuparse por defender el orden y la propiedad capitalista, amenazando a obreros y campesinos, contaba con un gran apoyo del PC, quienes como dijimos, siguiendo la política de Moscú, a partir de una lectura errada de la realidad[3], proponía la colaboración de clases. Las primeras medidas de su gobierno, fueron declarar el fin de las huelgas y de la toma de tierras, medidas que fueron apoyadas por el pro-monarca Sotelo, y los terratenientes.

Los obreros comenzaron a manifestarse nuevamente y a realizar huelgas. Abrieron las cárceles y liberaron a los presos del “Bienio Negro”, a la par de que restituyeron sus puestos a los despedidos, sin que mediara un decreto del gobierno.

El 1º de Mayo ante la conmemoración del Día del Trabajador, la marcha fue encabezada por ministros del Frente Popular, pero al concluir la misma el pueblo se manifestó quemando iglesias.

– Guerra Civil y Revolución

En Cataluña se había reconstituido la Generalitat, devolviéndole el poder a Companys, quien llenó las cárceles de anarquistas, al igual que Azaña en Madrid. El Gobierno al ver que el proletariado revolucionario podía tambalear nuevamente en su poder, amenazó con declarar ilegales a los sindicatos. En junio, más de un millón de trabajadores hicieron efectiva la huelga, lo que demostró las imposibilidades del gobierno de contener la oleada revolucionaria. Ante este escenario, la burguesía y los terratenientes comenzaron a conspirar con el ejército. El 16 de ese mes, Solano, desde las Cortes, amenazó la gobierno para que frene la anarquía reinante. Un mes después fue asesinado, siendo esta la causa detonante para el alzamiento nacional sublevándose la guarnición de Melilla, en Marruecos. El 18 de julio se generalizó el levantamiento contrarrevolucionario. El 19 se formó un nuevo gobierno, presidido por José Giral. Los obreros  tomaron  en sus manos la lucha contra el golpe y se expandió la huelga general y el arma­mento para los trabajadores. Esta resistencia obrera y de masas logró derrotar al golpe en casi todo el territorio, salvo en Sevilla, ciudad de la que Franco se había apoderado. Las instituciones del régi­men se derrumbaron y el poder quedó de hecho en manos de los obreros, salvo en la zona donde se impuso el golpe contrarrevolucionario. El resto de España vivió el nacimiento de comités obreros y populares armados, consti­tuidos al calor de la lucha contra el golpe. Pero los partidos obreros sostuvieron con todas su fuerza al gobierno del Frente Popular y se esforzaron por recomponer el Estado burgués. El 21, se conformó el Comité Central de las Milicias de Cataluña, donde la direc­ción anarquista se negó a tomar el poder del viejo aparato burgués, que había quedado en manos de los comités y las milicias obreras, y sostuvo al gobierno burgués naciona­lista de Companys. Quedó establecido así los dos campos de la gue­rra civil: los fascistas dominan las islas Canarias y las colonias del norte de África. En la península sólo se imponían en Sevilla, Córdoba, Galicia, Valladolid, y parte de Aragón, pero empezaban a avan­zar sobre territorio republicano: Burgos, Badajoz, Irún cayeron en sus manos.

Según Rous el 19 de julio de 1936 la insurrección franquista fue el resultado del complot fascista que ya se venía preparando en el ejército, ligado a las altas esferas del capital financiero. Se respondió a esta insurrección organizada por el mismo ejército de la “República”[4], con una contrainsurreción proletaria. A partir de esa fecha se combinó el proceso revolucionario con el de guerra civil. Los obreros de la FAI, la CNT y el POUM desarmaron los batallones fascistas. A pesar de ello, para el Frente Popular la revolución era imposible, debido al moderno armamento. Se formó la primer columna internacional, la “columna Lenin”, que incluía a revolucionarios internacionales. En Madrid, el POUM se apodera de los asaltantes del cuartel Montano. En el frente catalán ocurría lo mismo. Los reformistas Prieto y Giral llaman al fascismo a realizar una tregua, e increíblemente (o no) el PC apoyaba la iniciativa.

El 18 de julio en un comunicado oficial el Frente Popular reconocía abiertamente la ayuda obrera, pero en vez de incitarlos al menos a la defensa incondicional del gobierno burgués, pedía la calma y orden, dando lugar al triunfo de la reacción fascista. Siguiendo la misma línea, el gabinete de Azaña se reunía en Madrid para preparar la negociación con Franco. Mientras que en Barcelona el proletariado revolucionario impedía que la república se rindiera ante el avance del fascismo. El 19 de julio los obreros se armaban, tomando cuarteles, y logrando pasar filas del ejército de su lado. A los días controlaban toda la región de Cataluña. La insurrección de Barcelona, contagió a Madrid y Valencia. Desde Asturias, se mandaron obreros mineros a Madrid, quienes desde el día 20 hacían guardias en las calles.

– El Doble Poder

Cataluña logró, finalmente, reemplazar la república burguesa que los había traicionado, por una república obrera. Se realizaron asambleas en cada fábrica, quienes inmediatamente votaron Comités Obreros. En los lugares de trabajo, donde los capitalistas habían escapado al exterior o al frente militar franquista, los obreros crearon comités para administrarlas. O en su defecto, si los capitalistas no habían huido aún, se crearon comités para el control de la producción.

La experiencia de Cataluña fue tan grande que logró colectivizar la industria, los servicios, el transporte y las tierras por parte de sus trabajadores. Como bien dice la voz en off del documental de Contraimagen, fue la “mayor experiencia autogestionaria de Europa occidental”[5]. Las organizaciones obreras formaron comités con diferentes tendencias sindicales y políticas. Ejercían funciones de abastecimiento, justicia, orden público y guerra. Se expropiaron las casas no ocupadas o abandonadas por fascistas. Los espacios privados fueron tomados para su uso en actividades colectivas. Se crearon guarderías infantiles, almacenes comunitarios, escuelas y centros de salud, nuevos locales políticos y sindicales. Los grandes y lujosos hoteles fueron tomados para utilizarlos como hospitales, comedores populares y/o escuelas. Las mujeres tuvieron un rol protagónico ya que no sólo ganaron espacio en el terreno político, sino que en muchos casos fueron a la primer línea de fuego. Con el tiempo, hasta lograron la legalización del aborto, y se intentó eliminar la prostitución. La policía garante de la propiedad burguesa, fue reemplazada por las patrullas obreras. Era una verdadera revolución que con “La supresión de la ganancia capitalista permitió asegurar precios más baratos, la reducción de la jornada de trabajo y mejores salarios, así como una organización racional de la producción en beneficio de todos.”[6]. Los resultados satisfactorios de los métodos socialistas sobre los métodos capitalistas estaban a la vista, los obreros a esa altura trabajaban con un fin social, no sólo para ellos, sino que para toda la comunidad, y ejercían una actividad totalmente opuesta a la que llevaban acabo bajo el modo de producción capitalista anterior.

En el campo, se practicaba la comunidad de bienes, fijaban a retribución del trabajo, creaban cooperativas de distribución ligadas a los sindicatos anarquistas, se reunían en asambleas generales, controlaban la actividad de los comités a través de esta, y expropiaban tierras. Mientras que el gobierno del Frente Popular utilizaba los resabios de su autoridad para custodiar el Banco de España y los bancos extranjeros, en su mayoría alemanes. Dos poderes convivían en la zona republicana: el nuevo poder obrero, y el viejo poder burgués.

En cada localidad a la que entraban formaban sus propios Comités y expropiaban y colectivizaba la tierra, cediéndoselas a los campesinos, y dejando asentado de hecho la unión obrero-campesina. Cada pueblo se transformaba así en una fortaleza revolucionaria.

– El Comienzo del Fin

Un obstáculo más que importante, si no el más, iba a tener el proceso revolucionario catalán: su dirección política. Dicho obstáculo se reflejó en la reunión a la que llamó Companys a los dirigentes anarquistas, quienes lo mantuvieron en el poder, por no querer tomarlo ellos mismo, siendo fieles a sus ideas anarquistas contrarias a toda autoridad y gobierno. Más allá de esta decisión de la dirigencia las instituciones burguesas se veían ampliamente debilitadas por lo que el 21 de julio se formó el Comité Central de las Milicias Antifascistas de Cataluña, un Frente Único de distintos partidos y sindicatos, quienes formalmente deberían ocuparse de las milicias, pero en la práctica se ocupaban de todas las acciones de gobierno, aunque sus medidas eran refrendadas por el viejo gobierno burgués de Cataluña: la Generalitat, con Companys a la cabeza. Eran parte de él 15 miembros entre los cuales había cinco anarquistas, tres de la UGT, uno del POUM, uno de la Unión Campesina, uno del PC, y 4 de los partidos burgueses. Erróneamente, ningún partido de izquierda llamó a la centralización democrática de los comités centrales y milicianos armados en Cataluña, que había sido una de las mejores experiencias que había dejado como enseñanza la política de los soviets en la Rusia revolucionaria del ´17.

Mientras tanto, Companys buscó frenar el proceso revolucionarios para recomponer las instituciones burguesas, deshaciéndose de los comités, reduciendo los organismos obreros a un papel auxiliar, y quitándoles las armas al pueblo, en pos de la reorganización del ejército regular (creando guardias de asalto), con el apoyo del PC. Pero los revolucionarios catalanes, a la par improvisaban industrias de guerra, y su milicia en el Ejército de Liberación Social entraba en Aragón. A este tiempo, ya se daban a la par la guerra civil y la revolución. Y Cataluña no sólo contaba con el alma de la revolución española, sino con el principal reservorio de recursos industriales, naturales y humanos para la guerra civil.

Para Rous, la experiencia demostraba que las tareas democráticas podían ser cumplida a través de los métodos de la revolución socialista. La teoría de la revolución permanente, en época de un capitalismo en decadencia, era puesta en práctica por las bases del POUM y de la CNT, sobre todo en Madrid y en Cataluña. Se defendían del fascismo, tomando fábricas, quemando los títulos de propiedad, ocupando tierras y expropiando capitalistas. Construyeron un estado obrero, nucleado en el Comité Central de las Milicias Antifascista en oposición al viejo aparato burgués, que ya a esa altura había demostrado todos sus límites y contradicciones. Igualmente, para Rous, la dualidad de poder existía de forma incompleta y parcial en los primeros meses posteriores al 19 de julio de 1936. Como vimos anteriormente, dicho Comité Central fue creado bajo la iniciativa de Companys, y era conformado por 4 miembros burgueses de los 15 que conformaban la totalidad de los miembros. Pero aunque formalmente era un organismo de la Generalitat catalana, en el primer período posterior a la fecha mencionada, era el único poder efectivo de la región. De hecho dirigía toda la organización militar, conducía la guerra y el abastecimiento. Era el verdadero dueño del orden interno y de la policía represiva. “ (…) en cada barrio, en cada comuna, existía un Comité. <El Comité local tiene todo el poder y está encargado de asegurar la defensa de las conquistas proletarias y de la administración política y económica. Existe una asamblea general que reemplaza el Consejo de Administración capitalista.>”[7], expresaba la prensa del POUM. Pero contrariamente a esto, se creó también el Consejo de la Economía, producto de la desconfianza hacia los comités obreros, que aunque reconoció de hecho la colectivización, los organismos de tipo burocráticos crecían, y tampoco sus medidas alcanzaban a toda la industria catalana.

A pesar de los grandes avances, siguiendo con sus políticas, los stalinistas sostuvieron de igual forma que los obreros debían detenerse en la revolución democrática, pasando por encima del carácter de clase que tomaba el curso de la revolución, y las grandes posibilidades de victoria a las que se enfrentaban, si la URSS, entre otros países, hubiese prestado apoyo militar y político efectivo a las masas revolucionarias. La lectura de la situación que hacían, concluía con que “primero” era necesario combatir al fascismo a través de la guerra. La revolución significaba para el PC, atemorizar a París y a Londres, que era igual a perder la guerra.

“El Gobierno de la Generalitat tenía un poder aparente, tolerado porque las organizaciones obreras no tuvieron la política de liquidarlo, sobre todo en Barcelona, con enorme influencia de la CNT. Y sin embargo, fue esta apariencia la que triunfó sobre el poder del pueblo y los comités. En la agonizante institución se inyectó sangre nueva mediante los jefes de las organizaciones obreras. A partir de la formación de los gobiernos de coalición, la situación evoluciona en el sentido del debilitamiento del poder de los comités y del fortalecimiento del poder central burgués.”[8]

Ante la política del gobierno del Frente Popular francés, presidido por Blum, los obreros parisinos realizaron una huelga general en solidaridad con el proletariado español, en contra de su línea de no-intervención. En agosto del ´36, a través de ese pacto de no-intervención, Francia e Inglaterra acordaron la prohibición del envío de armas y ayuda militar a la república española. Mientras que en la URSS, sin autorización de la GPU, los obreros se organizaron en las fábricas para juntar colectas con destino a España. Stalin, en acuerdo también con los imperialismos democráticos, retardaba el envío de armamento. El primer barco en llegar al puerto de Barcelona, ante la desilusión de los revolucionarios, sólo trasladaba alimentos, el armamento llegaría más tarde. Pero producto de sentirse débil en influencias, Stalin, luego envió el armamento tan anseado (a cambio de grandes sumas de dinero) para acrecentar la influencia del PC, aunque su intervención fue circunstancial y limitada, tanto a Madrid como a Valencia. Para Rous, el envío de armamento desde el exterior, hubiera asegurado la victoria. A su vez se organizaban Brigadas Internacionalistas de distintos países del mundo. Para tampoco perder influencias en ellas, la burocracia soviética se encargó de coordinar la ayuda humanitaria y militar.

Los capitalistas enfurecidos querían recuperar lo que se les había expropiado, por lo que se manifestaban en contra de la revolución, y a favor de quien garantice el orden y la propiedad, la persona justa para cumplir con esa tarea era Franco. El bloque stalino-democrático colaboró con esa política.

En septiembre se formó un nuevo Gobierno Central de coalición, encabezado por Largo Caballero, que incluía a los demócratas burgueses, los partidos reformistas-stalinistas (UGT-PSUC), organizaciones anarquistas (CNT), el partido revolucionario (POUM). El gobierno republicano del Frente Popular pospuso todas las reformas importantes para “después de  la victoria” contra Franco y se esforzó por reconstruir el ejército y una policía burguesas y frenar el armamento y organización autóno­mos de los obreros y campesinos, en pos de reconstituir el orden capitalista. En Cataluña se formó el gobierno de Tarradellas, un burgués republicano, al que se incorporaron los anarquistas[9] y el POUM, aunque tenían preponderancia los burgueses republicanos y reformistas. Este gobierno al igual que el de Caballero, apoyados por los stalinistas, también querían regresar al orden burgués, aunque poseía un programa izquierdista que prometía respetar y legalizar las conquistas de la revolución. Rapidamente, disolvió el soviet de Cataluña por la constitución de un nuevo gobierno de la Generalitat, a la par de la abolición de todos los Comités, y constituyó también nuevas municipalidades en la región. El gobierno realizó el decreto “hipócrita”[10] de colectivización de las fábricas tomadas por los obreros, producto de la fuerza real de ellos, a quienes era imposible desalojar. Aunque Nin reclamaba la socialización del capital financiero y el monopolio del comercio exterior a favor de la colectivización industrial, al estar esta decisión en manos de burgueses y stalinistas, no se realizó en beneficio del capital extranjero. Sólo se atuvieron a un control burocrático de los bancos (crédito y especulación) y su exportación (capital extranjero). También establecieron el decreto de militarización, que buscaba abolir el ejército en manos de los obreros. Según Rous: “los milicianos quedaban obligados a someterse al viejo código monárquico, tres meses después de la contrainsurrección obrera”[11].

– Franco Avanza

En octubre, Franco dirigiéndose a su pueblo se autoproclamó “Generalísimo de la España Nacionalista” bajo las consignas de la unidad nacional, por el Estado totalitario y por el trabajo como un deber ineludible. La familia, el municipio, la asociación y la corporación, hacían cristalizar en realidades, para él, sus ideales supremos.

Un mes más tarde los Ejércitos Nacionales cercaban Madrid, y el gobierno republicano se retiraba a Valencia, lo que le dio a la revolución un gigantesco empuje.

– Madrid Resiste

El 4 de noviembre los representantes de la CNT entraron al gobierno de Largo Caballero. Dos días después el gobierno republicano dejó Madrid, como decíamos, ante la aproximación a esa ciudad de las tropas marroquíes de la mano de Franco. Pero al día siguiente se sumaron a la defensa de Madrid las Brigadas Internacionales, que dieron lugar a una heroica resistencia madrileña. Resurgieron los comités reprimidos por los intentos de militarización burguesa, y se dieron levantamientos en masa y barricadas, con una fuerte fraternidad internacionalista. El proletariado revolucionario resistió 40 días repeliendo al ejército fascista, aunque el día 13, San Sebastián había sido tomado por los franquistas.

Nuevamente la república reprimió a la revolución, con el apoyo de los stalinistas. “(…) la calumnia stalinista, apoyándose en el primer y reciente envío de armas de Stalin a Cartagena, se transformó en represión”[12], para tranquilizar a Londres y París. Más allá de todas sus políticas, el POUM no combatía contra la URSS ligada a los imperialismos “democráticos”, pero la criticaba fuertemente. Inteligentemente, los primeros a los que reprimieron fueron a la sección del POUM de Madrid, dejando asentado que la república parlamentaria, como decíamos, se defendía contra la revolución obrera, y finalmente quedó establecido de hecho cuando en diciembre el partido revolucionario fue expulsado del gobierno de Cataluña. Aunque el proletariado revolucionario crecía de la mano de la fundación en noviembre del grupo Bolchevique-Leninistas.

La CNT envió desde Cataluña ayuda a Madrid, proclamándose por el triunfo de la guerra y de la revolución para la liberación. Pero la fuerza espiritual enviada, necesitaba de una ayuda material de la que se carecía.

Madrid resistía a pesar de sufrir los primeros bombardeos a civiles, en aviones, de toda la historia de la humanidad, hasta entonces. Aunque Madrid no caía, cayó primero unos de los dirigentes anarquistas más importantes: Derruti.

– La Restauración Burguesa

Se dio la restauración burguesa del gobierno, a través de sus intentos de restituir el libre comercio, la apertura de la bolsa, y la iniciativa de los intermediarios. Mientras que el Gobierno de Valencia boicoteaba el abastecimiento de Cataluña en pos de los intereses de las “grandes democracias”, y realizaba grandes arreglos comerciales con la URSS, persistía con su política en contra los comités, acusándolos de corrupción y calumniándolos. Pasaron a control burocrático los Comités de Empresa, por parte de los reformistas-stalinistas y democráticos, en contra de la socialización del crédito.  Se restauró también el comercio privado, con ayuda del capital, pasando por encima de los sindicatos, y se restableció la circulación interna y externa del capital. Al mismo tiempo crecía la desmoralización obrera. Como decíamos fue la burocracia stalinista, con complicidad de los gobiernos de Barcelona y Valencia, quines alentados por los capitalistas, dieron la orden de represión al POUM para desarticularla definitivamente, dejándoles abierta la posibilidad de salvar el aparato de estado burgués, reforzar la burocracia y reprimir a los comités, en beneficio del capital financiero y el monopolio exterior en manos del control del estado.

– Diferencias entre las Bases y sus Direcciones

El descontento de los obreros revolucionarios con sus dirigencias comenzó a hacerse notorio. Pero a su vez, creció el descontento hacia el Gobierno de Tarradellas, por la disolución del Comité de Abastecimiento, por el freno a los fondos correspondientes a fábricas colectivizadas, por la especulación e inflación crecientes, por el agotamiento de las provisiones para los obreros, contrarias a los excesos de la burguesía, etc. En febrero, decretó ilegal la colectivización de la industria láctea, y en abril, anuló el control obrero sobre la Aduana. El poder burgués avanzaba fuertemente sobre los poderes creados por los obreros. Ante estas políticas, el PC, a través de su dirigente Díaz, justificaba las medidas.

Ya en febrero de 1937, el Tarradellas exigía la requisa de armas con el fin de desmantelar el armamento en manos obreras, y reconstruir finalmente al gobierno burgués. Los ministros de la CNT votaron a su favor, mientras que volvían las Guardias de Asalto.

Al tiempo, los funcionarios anarquistas, revisaron su posición y presentaron la renuncia, declarando en su prensa que no sacrificarían la revolución en pos de la unidad, prometiendo no retroceder más. A pesar de la decisión de los dirigentes, tanto la juventud como los obreros anarquistas se manifestaron críticos, y desconfiados de ellos.  Conformaron para ese entonces, la agrupación “Amigos de Derruti”, bajo las consignas “no más gobiernos”, “todo el poder a la clase obrera” y por una “organización obrera, campesina y de combatientes”, con el fin de arrancar a la burocracia de la CNT de la dirección.

La Juventud Libertaria de Cataluña denunció a la URSS de contrarrevolucionaria, y se solidarizó ante la censura y persecución a los poumistas. En su manifiesto declararon que se le entregaran armas a Aragón a favor de la revolución, denunciaron también el bloqueo del Gobierno Central a la región, hablaban de dictadura burguesa, de las traiciones a la clase obrera, iniciaron una lucha de forma clandestina, y atacaron a las burocracias. Prácticamente, comenzaron una agitación obrera en las milicias y comités, iniciando así el segundo capítulo de la revolución, querían poner en pie un poder alternativo a la burguesía.

Entre tanto, los dirigentes de POUM no respondían a las demandas de su ala izquierda. Nin declaraba abiertamente que los soviets no eran necesarios en la España revolucionaria, dejando de lado increíblemente, las enseñanzas de la experiencia soviética.

– Las Jornadas de Mayo de 1937: la encrucijada a la revolución

Para la conmemoración del 1º de Mayo, el Gobierno prohibió todo tipo de actividades políticas. Dos días después, el PC asaltó la telefónica de Barcelona, que se encontraba controlada por los obreros, bajo la dirección de la CNT. Desde aquella ciudad, junto a toda la región de Cataluña, los obreros se levantan bajo la exigencia de una “Junta Revolucionaria”. La Juventud Libertaria, los obreros anarquistas y los “Amigos de Derruti”, protagonizaron las barricadas. Reclamaban, también, la socialización de la economía, el desarme de la Guardia Nacional republicana, la disolución de los partidos contrarrevolucionarios, mientras que las bases POUM se les sumaba. La organización “Bolchevique Leninista” de la IV Internacional, que había roto con la dirección del POUM, llamaba a huelga general hasta que renunciara el gobierno reaccionario.

Desde Valencia llegaron las direcciones de la CNT y la UGT, uno de ellos, García Oliver, reclamó levantar las barricadas, mientras que la policía abrió el fuego. El Gobierno atacó con todas sus fuerzas, y hasta detuvo a los milicianos de otras regiones que deseaban llegar a Barcelona.

El 6 de mayo, la dirección de la CNT decidió abandonar la telefónica, ante las vacilaciones del POUM, y la policía entró para ocuparla. El Gobierno emprendió la ocupación de toda Cataluña, reprimiendo las barricadas. Companys declaró la victoria, a manos de su ejército, y Caballero renunció, asumiendo Juan Negrín. Este aseguró la garantía de las libertades religiosas, de la propiedad y de los intereses extranjeros. A condición de que se frenase la colectivización agrícola, prometió la reforma agraria, y también abolió todas las colectivizaciones obreras. Y declaró el derecho de España a todas sus colonias. Era un gobierno que mediante su discurso, garantizaba el orden capitalista, en beneficio de los Bancos de Francia y París, es por esto que recibió el apoyo de los stalinistas.

El PC, a la par, acusó al POUM de fascista, y el gobierno ilegalizó sus actividades, y la de los anarquistas y “Amigos de Derruti”. El 16 de junio, Nin fue asesinado por la GPU stalinista. Recién el 29 de junio de aquel año, los ministros cenetistas de la Generalitat renunciaron a sus cargos.

– La Contrarrevolución Fascista

La contrarrevolución comenzó en Cataluña, con la abolición de las colectividades y las fábricas bajo control obrero. Luego llegó el asalto de Aragón, también en contra de los obreros y sus municipios. La república salió en defensa de la zona, bajo el manejo militar de integrante del PC Lister, pero la revolución finalmente se perdió. Ante el desencanto de las masas, producto de la derrota, se ejecutó el desarme de las milicias del Ejercito Popular, y Franco avanzó victorioso.  En esto la GPU stalinista fue esencial, ya que ayudó a Negrín a aplastar lo que quedaba del espíritu revolucionario.

En abril de 1938, Indalecio Prieto (proveniente del ala derecha del Partido Socialista, y funcionario del gobierno burgués) salió del gobier­no de Negrín, y avanzó la descomposición del campo burgués republicano. En junio, Franco ya había dividido el mapa político de España en dos: entre el fascismo y los resabios de la república. Ya en agosto, la Generalitat restituyó todos los bienes urbanos a sus propietarios. En noviembre, Stalin retiró las Brigadas Internacionalistas, producto de un acuerdo con Francia e Inglaterra.

En enero de 1939, capitularon los republicanos en Barcelona, y el 9 de febrero cesó toda la resistencia catalana. Ya para el 1º de abril, el Ejército Nacional entró en Madrid, y finalizó la guerra civil. Cuarenta años se perpetuó Franco en el poder.

– ¿Revolución Española para Theda Skocpol?

En principio podemos notar que Theda Skocpol en su análisis comparativo realizado en el texto “Los Estados y las Revoluciones Sociales”[13], toma los ejemplos de Francia, Rusia y China, dejando de lado el ejemplo español. Desde su perspectiva estructuralista realiza un análisis teórico comparativo considerando el contexto nacional e internacional para caracterizar las revoluciones sociales. Ella toma como revoluciones sociales a todos aquellos procesos de cambios estructurales y de regímenes políticos triunfantes que poseen un carácter universal, o sea por la enseñanza histórica que aportan y la repercusión que alcanzan. Las revoluciones políticas serán, en cambio, todo tipo de transformación estructural del estado sin que necesariamente implique causalmente un conflicto entre clases. Como vemos en Skocpol la noción de revolución social es reduccionista ya que sólo considera como tal a los procesos revolucionarios triunfantes.

“Las revoluciones sociales son transformaciones rápidas y fundamentales de la situación de una sociedad y sus estructuras de clase (…) Las revoluciones sociales se encuentran (…) por la combinación de dos coincidencias: la coincidencia del cambio estructural de la sociedad con un levantamiento de clases, y la coincidencia de la transformación política con la social. (…) Lo que es exclusivo de la revolución social es que los cambios básicos de la estructura social y de la estructura política ocurren unidos, de manera tal que se refuerzan de unos a otros. Y estos cambios ocurren mediante intensos conflictos sociopolíticos, en que las lucha de clases desempeñan un papel primordial.”. Y más adelante: “(…) mi concepto de la revolución social necesariamente une en relieve el cambio triunfal como básico rasgo definitorio.”[14].

Teniendo en cuenta estas apreciaciones de la autora, para ella el caso español no sería una revolución social, ya que finalmente el proceso no triunfó, por diversas causas. Pero tampoco sería una revolución política, porque sí implicaba un conflicto entre clases.

Analizar el proceso sufrido en España desde 1931 hasta 1939, desde Skocpol, nos limita a cierto reduccionismo, y sobre todo, a perder de vista la importancia de los acontecido, y las enseñanzas que nos dejó, más allá de su derrota posterior.

Ella toma de Marx sus teorizaciones más estructuralistas, como las expuestas en “Contribución de la crítica de la economía política” (1859), dándole importancia fundamental a las condiciones objetivas previas al proceso revolucionario. Por eso para ella, las revoluciones sociales tienen que ver con el proceso histórico basado en el conflicto de clases sociales propia de las contradicciones estructurales objetivas. Sería entonces, que producto de una crisis estructural, los conflictos entre las clases sociales se hacen más latentes, aumentando las posibilidades de una revolución social que cambiaría el modo de producción, casi inevitablemente, forma casi mecánica. “La fuente básica de una contradicción revolucionaria (…) es el surgimiento de una dislocación dentro de un modo de producción entre la fuerzas sociales y las relaciones sociales de producción. (…) esta dislocación se expresa en intensificados conflictos de masas. La generación de un modo naciente de producción dentro de los confines de otro ya existente.”[15].

Skocpol deja de lado la exclusividad del materialismo histórico adoptado por el marxismo, y desde la historia comparada, considerará tres tipos de principios de análisis: 1) la perspectiva estructuralista (diferenciada del voluntarismo marxista que critica); 2) los acontecimientos históricos y la estructuración internacional; 3) el Estado como organización administrativa y coactiva potencialmente autónomo. Skocpol no tomará estrictamente la definición instrumentalista de Marx sobre el Estado que describe en el Manifiesto Comunista, donde el aparato estatal es utilizado por una clase para dominar, explotar y oprimir a otra (la burguesía al proletariado). Considerará al Estado como una arena en que se resuelven los conflictos sociales, una estructura potencialmente autónoma con intereses propios que no equivalen a los intereses de la clase dominante, lo que posibilita que puedan surgir conflictos entre las clases dominantes y los dirigentes del Estado. Teniendo en cuenta estas apreciaciones, nuevamente Skocpol nos limita el análisis del proceso español. En principio, por su énfasis estructuralista, en ningún momento tiene en cuenta el factor subjetivo, que en dicha experiencia jugó un rol fundamental. Ya lo decía Rous en su artículo “La Revolución Asesinada”: “El partido revolucionario es en sí mismo un factor secundario en relación a las condiciones objetivas de la revolución: nivel de fuerzas productivas, peso de las diversas clases, etc. Sin embargo, en determinadas condiciones, este factor se vuelve decisivo.”[16]. En España, las condiciones objetivas mínimas estaban dadas, el capitalismo en decadencia dejaba abierta la posibilidad a una revolución social, pero el factor que obstaculizó su triunfo fue precisamente el subjetivo, ya que a pesar del alto nivel de conciencia de las masas, las direcciones del partido marxistas (POUM) y de los anarquistas (CNT), no estuvo a la altura de las circunstancia, atrapados por las influencias de la mala lectura stalinista que sufría el proceso. Discutiendo con Tiily, Skocpol decía: “Una cosa es identificar las tensiones subyacentes y potenciales arraigadas en las relaciones de clase objetivas, comprendidas de manera marxista, y otra cosa es comprender cómo y cuándo los integrantes de una clase se encuentran capacitados para luchar efectivamente en defensa de sus intereses.”. A cambio proponía lo siguiente: “(…) no sólo identificaré las clases y sus intereses, sino que también investigaré la presencia o ausencia (y las formas exactas) de las organizaciones y recursos de que disponen los miembros de las clases para emprender las luchas basadas en sus intereses.” [17]. Lamentablemente con esta posición, Skocpol se pierde de analizar la riquísima experiencia revolucionaria española, y las grandes enseñanzas que ha dejado al proletariados internacional. Ella no es capaz de darle la importancia que tienen, como lo ha sabido hacer Trotsky, a la constitución de un partido revolucionario, antes y durante la revolución, que mantenga una posición independiente y lleve adelante los preceptos de la revolución permanente, indispensables para la victoria (que tanto le importa a la autora). ¿Cómo podría explicar ella el proceso español si considera “inútil tratar de descifrar la lógica de los procesos o las consecuencias de las revoluciones sociales adoptando la perspectiva o siguiendo los actos de alguna clase o élite u organización, por muy importante que sea su participación.”[18]? Más adelante con Trotsky veremos la forma de combinar el análisis de los factores objetivos y subjetivos en su justa medida, ateniéndose a cada caso histórico en particular.

Con respecto a su visión del Estado, también en este caso no nos sirve la conceptualización de Skocpol, o solamente en cierto sentido. El Estado de la república democrática dejaba ver que defendía los intereses de los burgueses, subordinando los intereses del proletariado y de los campesinos, más allá de algunos intentos progresistas, producto de la presión que sufrían desde las bases. Pero a su vez, la República, ponía en jaque ciertos intereses de clases dominantes, como la de los ligados a la monarquía y al conservadurismo, que se vieron defendidos por Franco. Finalmente, también los capitalistas optaron por esa opción, al tener que elegir entre la revolución proletaria o la avanzada del fascismo. Decía Trotsky, ya en 1937: “(…) como en la actual situación la guardia fascista responde mejor a los intereses de los capitalistas, la victoria militar de Stalin-Caballero no puede ser estable ni duradera.”[19].

La autora tendrá también en consideración que los países capaces de sufrir revoluciones sociales triunfantes serán aquellos que alcancen cierto grado de desarrollo objetivo, luego de pasar por determinadas fases evolutivas. Aquí se nos presenta otro problema, porque como vimos, en España el capitalismo no había alcanzado un gran desarrollo, pero sí había tenido algunos cambios estructurales producto del auge alcanzado en algunas de sus industrias, luego de la primer guerra mundial. Esto había generado un incipiente proletariado, sobre todo en la zona de Cataluña, que sería clave a la hora del proceso revolucionario. Trotsky, en cambio, demostrará las posibilidades revolucionarias en países económicamente atrasados, a través de la ley de desarrollo desigual y combinado que aplica para el caso ruso, y que se extiende a otros países con condiciones similares, pero este punto será desarrollado más adelante.

Para Skocpol, finalmente, lo sucedido en España en ese entonces, no serían más que rebeliones que “aún cuando triunfen, pueden abarcar la revuelta de la clase subordinada, pero no termina en el cambio estructural.”[20].

– Situación Revolucionaria y Revolución Derrotada en España, para los Teóricos del Conflicto Social

Para Charles Tilly[21], revolución es toda aquella acción colectiva de dos contendientes que luchan por la soberanía política, o sea que se disputan el poder. Conforman estos dos o más bloques grupos organizados con apoyo de ciertos sectores de la sociedad, que poseen acceso a ciertos recursos. En esa disputa del poder es donde se crea la “soberanía múltiple” (o el “poder dual” teorizado previamente por Trotsky), y para ello los grupos en litigio forman coaliciones fuertes y sólo así se logran un proceso revolucionario triunfante. Tanto para él, como para Rod Aya[22] la teorización acerca de la revoluciones sociales es más amplia que la de Skocpol, ya que diferencia dos situaciones en un mismo proceso revolucionario. En este punto los autores seguirán la diferenciación tomada por Trotsky en sus análisis sobre los procesos revolucionarios.

Dichas dos situaciones son las siguientes: una primera situación revolucionaria, donde se crea la soberanía múltiple producto de la aparición de contendientes o coaliciones de estos con aspiraciones incompatibles entre sí para controlar el Estado, apoyados por ciertos sectores de la sociedad, e incapaces de suprimir o superar a la coalición litigante. El segundo componente son sus resultados. Se produce triunfantemente cuando tiene lugar una transferencia de poder de quienes lo detentaban anteriormente a la situación de soberanía múltiple, a una nueva coalición gobernante, que no excluye la posibilidad de estar compuesta por algunos de los miembros de la coalición anterior. Las causas inmediatas de los resultados revolucionarios son: “las defecciones de miembros del Estado, la obtención de un ejército por las coaliciones revolucionarias, la neutralización o defección de la fuerza armada del régimen y el control del aparato del Estado por los miembros de una coalición revolucionaria”[23]. En este análisis poca importancia tienen los proyectos ideológicos de los contendientes, que no cumplirían un rol central ni como causa directa de la situación revolucionaria ni como causa de su resultado. No se preguntan por el para qué de las coaliciones revolucionarias.

Con relación a estas tres causas inmediatas de una situación revolucionaria, pueden distinguirse tres mecanismos causales: los que provocan la aparición de coaliciones, los que determinan que esas coaliciones reciban apoyo de la población y, por último y en consonancia, los que hacen que quienes tienen en sus manos el poder estatal no supriman a las coaliciones. Para los teóricos del conflicto político sólo hay situación revolucionaria cuando los protagonistas consideran que el Estado ya no puede satisfacer sus aspiraciones.

Para ellos, las revoluciones suponen una transferencia por la fuerza del poder del Estado, por lo cual para poder describirlas hay que tener en cuenta cómo cambian los estados y el uso de la fuerza en el tiempo, espacio y marco social. Estos bloques pueden tener una composición homogénea, como puede ser una clase social, o estar formado por una coalición que no necesariamente implique una clase, pueden ser fracciones de clases también. Ante este escenario de disputa por el poder se da un proceso de ruptura de la soberanía y la hegemonía existente, lo que lleva a un período de enfrentamiento, denominado soberanía múltiple, como mencionábamos anteriormente, hasta que alguno de los bloques en conflicto accede al poder construyendo soberanía y una nueva hegemonía.

En principio podemos decir que en el proceso español, había finalmente tres fuerzas que se disputaban el poder: la burguesía y sus apéndices, el proletariado y campesinado revolucionario, y el fascismo. Pero sólo las dos primeras fuerzas, en un principio, crearon la “soberanía múltiple”, a través de la coexistencia del Estado Republicano (que respondía a la burguesía) y de los Comités obreros y campesinos. El poder dual era producto de la coexistencia y tensión entre ambos organismos, pero únicamente la burguesía pudo conformar una coalición fuerte que logró restablecer su hegemonía y su poderío único, con la restauración burguesa de sus aparatos del Estado, absorbiendo los comités hasta desarticularlos totalmente, los que implicó un alto nivel de desmoralización en las masas que ansiaban la revolución.

La primera situación revolucionaria estaba dada por esa dualidad, y porque ninguna de las dos fuerzas podía suprimir, en un primer momento, a la otra fuerza litigante. Habría también situación revolucionaria para ellos, en España, ya que el Estado ya no satisfacía sus aspiraciones, cosa que era obvia en ese entonces, y que quedaba plasmada en las exigencias de la coalición revolucionaria, y en las medidas que implementaban, como por ejemplo en la creación de sus propios organismos de poder.

Pero en el segundo componente, el de los resultados, aunque formalmente hubo un traspaso de poder a los partidos de obreros y anarquistas, finalmente la restauración del régimen no permitió que sea definitiva. Retomando, para los teóricos del conflicto social, es triunfante el proceso por ese traspaso de poder, que permite la inclusión de miembros de la fuerza anterior. Pero fue esa misma fuerza que se mantuvo en el poder, la que permitió que la formalidad se viera subordinada a la realidad. La burguesía que no fue despojada por completo del aparato estatal supo cómo recomponerse en el poder, mientras que abolió los organismos propios de los revolucionarios, sin dejar alternativas al proletariado y a los campesinos. No se produjo, finalmente, ni la defección de los miembros del Estado anterior, ni la obtención de un ejército por las coaliciones revolucionarias de forma regular, sino que se lo desarmó, ni la neutralización o defección de la fuerza armada del régimen (al contrario, se las reforzó), y mucho menos el control absoluto del aparato del Estado por los miembros de una coalición revolucionaria. Al permitir que la burguesía continúe en el poder, supuestamente para avanzar en la lucha contra el fascismo, se permitió que tenga los recursos necesarios como para desarticular los intentos verdaderamente revolucionarios.

Ni siquiera hubo una transformación (diferente de “revolución”) real del Estado, porque más allá de los cambios formales en los programas de gobierno, con el transcurso del tiempo se logró recomponer las premisas básicas de todo estado burgués, y abolir todo resabio de los comités. Aunque si hubo experiencias concretas de colectivización y expropiaciones de tierras, bajo el control de los respectivos comités, y defendidas con un heroísmo pocas veces visto, estas organizaciones no pudieron mantenerse en el tiempo, producto de las propias contradicciones de las políticas de sus dirigentes. Para que quede claro, aunque por momentos hubo una transformación formal del Estado, la realidad no coincidía, ni coincidió, con esa formalidad.

Aunque para Aya, en el momento de la toma del poder por parte de alguno de los dos o más litigantes considera de suma importancia la situación de distribución favorable de las oportunidades para ello, esta consideración no nos resulta útil para el proceso español, porque allí, más allá de haber sido muy favorables las oportunidades para el triunfo de la fuerza revolucionaria, estas no eran lo determinante. Con el análisis de Trotsky, veremos más adelante cuáles fueron las verdaderas causas de la derrota.

Si nos resultará útil su conceptualización de las revoluciones como pugnas por el poder estatal, que “Implican la toma (o intento de toma) del aparato del gobierno –entendido como el principal medio material concentrado de coacción, cobro de impuestos y administración de una sociedad- por una clase, grupo o (más probablemente) una coalición. (…) la fragmentación de una autoridad gubernamental…”[24]. Aya tendrá en cuenta también que los procesos históricos donde se han dado luchas al interior de las clases dominantes, son caldo de cultivo para reavivar y posibilitar a clases inferiores. Pero no dejará de tener en cuenta que “Los orígenes de la revolución, como los de la guerra, residen en la estructura y los entramados de la política”[25]. Teniendo en cuenta esto, podemos analizar cómo las disputas entre los capitalistas y los fascistas, por el poder del Estado, abría la posibilidad al proletariado y al campesinado, de aprovechar la debilidad de esas dos fuerzas (por estar en litigio), para luchar contra el fascismo, pero con sus propios métodos, intereses y objetivos, para que su lucha no salvara a la república, en su propio perjuicio. Esa posibilidad siempre es cierta y efectiva, mientras que la fuerza revolucionaria sea fiel a su propia estrategia.

Debemos tener en cuenta que los teóricos del conflicto social se preocupan por buscar las bases científicas a la hora de analizar procesos revolucionarios, que permitan llegar a explicaciones y enseñanzas generales para el conocimiento sociológico. Es por ello que dejan de lado, la importancia de las ideologías y el contenido de los intereses de las distintas fuerzas. Por lo tanto, tampoco se preocupan por analizar profundamente qué clases o coaliciones pueden ser verdaderamente revolucionarias a esta altura de la historia.

– Revolución y Guerra Civil para León Trotsky

“Cuanto más centralizado es un estado y cuanto más desgajado está de la sociedad, tanto más pronto se convierte en una organización autónoma que está por encima de la sociedad.”[26]. Así describía Trotsky al estado zarista ruso, y mucho de ello había en el Estado español mientras era dominado por la monarquía del Rey Alfonso XIII. Esa autonomía del estado era paralela a la debilidad de la burguesía, ya que en vez de garantizar enormes ganancias para ella, absorbía grandes cantidades de la plusvalía expropiada, para el mantenimiento de su burocracia y de su ejército, lo que impedía el fortalecimiento de esa clase en ascenso, y de su acumulación necesaria para el desarrollo del capital. Como en Rusia, en España, se visualizaría un conflicto evidente entre las fuerzas del desarrollo capitalista y las del absolutismo burocrático. Como vimos, producto de la primer guerra mundial, este país había logrado desarrollar ciertas industrias al interior del territorio (sobretodo concentradas en ciertas regiones), pero esas fuerzas productivas desarrolladas, chocaban con la estructura estatal, ya que, al igual que en Rusia, “(…) la política gubernamental no estaba dictada en base a una preocupación por el desarrollo de las fuerzas productivas sino en base a consideraciones puramente fiscales y, en parte, técnico-militares.”[27].

Trotsky caracteriza una revolución como una prueba de fuerza abierta entre las fuerzas sociales en lucha por el poder. Y siguiendo la definición instrumentalista de Marx en “El Manifiesto Comunista”, cree que el Estado no tiene un fin en sí mismo, sino que es un instrumento de trabajo en las manos de la fuerza social dominante, y como todo instrumento de trabajo su fuerza motriz es el interés de la clase dominante. El Estado es entonces un medio de organización, desorganización y reorganización de las relaciones sociales. “Según en que manos se encuentre, puede ser la palanca para una revolución profunda o el instrumento de una paralización organizada.”[28]. Pero bien describía él que más allá de que el proletariado crece en relación directa con el desarrollo del capitalismo (en este estadio), y a pesar de la importancia de los factores objetivos como las fuerzas productivas, los elementos subjetivos juegan un rol altamente importante también a la hora de que el poder pase a manos de la clase obrera. “(…) entre las fuerzas productivas de un país y las fuerzas políticas de sus clases se interponen, en cada momento, diferentes factores sociales y políticos de carácter nacional e internacional, que pueden llevar la configuración política correspondiente a unas condiciones económicas en una dirección inesperada, e incluso cambiarlas por completo.”[29]. En España, el estado a partir de 1931 tenía un carácter claramente burgués, que utilizaba al proletariado en la lucha por el fascismo, imponiéndole ciertos límites para que no se revertiera la situación y pueda atentar contra la república.

Trotsky, siguiendo a Marx, sabía que la única clase capaz de colocarse a la cabeza de las masas oprimidas, era el proletariado, por ello mismo y por otros factores era el sujeto revolucionario para hacer saltar el modo de producción capitalista. La importancia de esta clase deriva de su papel en la gran producción, ya que antes de tomar el poder, concentra en sus manos los medios de producción, porque es la única clase que puede ponerlos a producir y crear valor. Por lo tanto, estratégicamente, es también la única clase capaz de parar la producción de un país si se lo propone. Se necesita entonces sólo una acción conciente de la clase revolucionaria, dentro de los factores subjetivos para un proceso revolucionario. En España, la conciencia de las masas oprimidas era espectacular, tanto que con el correr de la experiencia, las bases presionaban a sus direcciones marxistas y/o anarquistas para la toma definitiva del poder. Pero dentro de los factores subjetivos, el que jugaría un papel regresivo sería el concerniente a las organizaciones partidaria y/o sindicales y sus direcciones.

La experiencia alemana de 1848 había dejado como enseñanza que se necesitaba “(…) una clase que hubiese sido capaz de tomar en sus manos los acontecimientos, prescindiendo de la burguesía e incluso en contradicción con ella, una clase que hubiera estado dispuesta no sólo a empujar a la burguesía hacia adelante con toda su fuerza, sino también a quitar de en medio, en el momento decisivo, su cadáver político.”[30]. Esta fracasada experiencia alemana justamente es la que se volvió a repetir en España. Las direcciones tanto del POUM como de la CNT, dejaron de lado las consideraciones marxistas de 1850, acerca de la independencia de clase necesaria, ante una burguesía que ya hacía tiempo había dejado de ser revolucionaria. La entrada de aquellos partidos en el Frente Popular, en detrimento de las organizaciones obreras y de las colectivizaciones y expropiaciones conseguidas, hizo que el doble poder entre el gobierno burgués y los comités obreros, se viniera debajo de la mano de la restauración burguesa. Ya lo decía Trotsky en “Resultados y Perspectivas”: “Sólo la táctica independiente del proletariado, el cual sacase las fuerzas para luchar de su situación de clase y solamente de ella, podía garantizar la victoria de la revolución.”[31]. “Para un gobierno obrero sólo hay una salida: la expropiación de las fábricas y empresas cerradas, y la organización de su producción sobre la base de la gestión colectiva.”[32], esta constituye la única vía al socialismo. La clase obrera debe sobrepasar el programa democrático, para garantizar el carácter democrático de la dictadura del proletariado, y así contar con el apoyo incondicional de las masas. En España, las suficientes condiciones previas técnicas para la producción colectivista estaban dadas, por lo que solamente la dirección del proletariado debía ponerla en marcha. La dirección del POUM, de ser verdaderamente marxista, debían sobrepasar las tareas de la revolución democrática y avanzar sobre la transformación del derecho de propiedad burguesa, con las medidas que ya hemos mencionado: expropiación, colectivización, planificación económica, reforma agraria, abolición del trabajo asalariado, etc. La revolución democrática debía transformarse en socialista, de aquí parte la noción de revolución permanente, necesaria para la victoria. Pero no puede tampoco quedarse en el campo nacional, sino que teniendo en cuenta que el modo de producción mundial es capitalista, se debe llevar la revolución de manera permanente a otros países, tanto en los desarrollados como los atrasados. Con su ley de desarrollo desigual o combinado, Trotsky ya había demostrado que las condiciones objetivas mínimas para la revolución ya estaban dadas, sin diferenciar entre los que ya sufrieron determinadas “etapas evolutivas” o no. Es justamente el proletariado internacional organizado en partidos con una política independiente, y en defensa de sus intereses, objetivos, y con sus propios métodos, los que tienen la tarea de llevar adelante la revolución permanente hasta despojar a las clases poseedoras de todas sus propiedades, hasta eliminar la explotación capitalista.

Aclaremos a qué se refiere con la necesidad de diferenciación de programas: “La subdivisión de nuestro programa en uno mínimo y otro máximo es de una principal importancia con la condición de que el poder se encuentre en manos de la burguesía. Precisamente este hecho de que la burguesía esté en el poder, excluye de nuestro programa mínimo todas las reivindicaciones que sean incompatibles con la propiedad privada de los medios de producción. Precisamente estas reivindicaciones son las que dan el contenido a la revolución socialista y su condición previa es la dictadura del proletariado.”[33].  Pero esa diferencia entre el programa mínimo y máximo, desaparece en cuanto el proletariado obtiene el poder. Lo que los dirigentes del POUM no veían es que no era el tiempo de una “revolución democrática burguesa”, sino que una vez tomado el poder por los obreros, el programa mínimo y el máximo se fusionarían, y aquellas demandas que la burguesía no supo implementar podían ser puestas en práctica por el mismos proletariado en el poder, no era necesaria esa etapa democrática.

Para Trotsky, el proletariado en el poder, ante el campesinado, debe mostrarse como la clase liberadora. En esta alianza, es la clase proletaria la que debe dirigir, ya que sus aliados son incapaces de desempeñar un papel político independiente, pero para mantener esta necesaria unión el proletariado desde el principio de la toma del poder debe solucionar la cuestión agraria. “(…) la participación del proletariado en un gobierno sólo puede resultar objetivamente probable y permisible de principio cuando se trate de una participación dirigente y dominante.”[34]. La hegemonía la debe tener la clase obrera. En España, este también fue un factor importante, ya que desde el principio los obreros y campesinos se vieron unidos, y la clase obrera levantaba la consigna de la reforma agraria. Pero una vez que había entrado en el poder, esta demanda se retardada producto de las presiones de la burguesía, y la política errada de las dirigencias revolucionarias. Este hecho jugó en contra para el proceso revolucionario, ya que los campesinos finalmente se desmoralizaron, y perdieron la confianza en las dirigencias del POUM y CNT.

*

 

– Conclusiones punto por punto, desde el trotskismo

– Independencia de Clase

El Programa elaborado para el Congreso de fundación de la IV Internacional, votado en septiembre de 1938, decía: “La experiencia de Rusia demostró, y la experiencia de España y Francia lo confirma una vez más, que incluso en condiciones muy favorables, los partidos de la democracia pequeñoburguesa (socialistas-revolucionarios, socialdemócratas, stalinistas, anarquistas), son incapaces de crear un gobierno de obreros y campesinos, es decir, un gobierno independiente de la burguesía”. Este programa se basaba en los principios marxistas que están lo suficientemente expuestos en el siguiente párrafo de Marx y Engels (1850): “Muy lejos de desear la transformación revolucionaria de toda la sociedad en beneficio de los proletarios revolucionarios, la pequeño burguesía democrática tiende a un cambio del orden social que pueda hacer su vida en la sociedad actual lo más llevadera y cómoda posible.”. A diferencia de ellos, Marx continuaba: “(…) nuestros intereses y nuestras tareas consiste en hacer la revolución permanente hasta que las clases más o menos poseedoras sean desalojadas de su posición dominante, hasta que el proletariado conquiste el poder del Estado, hasta que la asociación de los proletarios se desarrolle –y no sólo en un país, sino en todos los países dominantes del mundo- (…) hasta que por lo menos las fuerzas productivas decisivas estén concentradas en manos del proletariado. Para nosotros no se trata de reformar la propiedad privada, sino de abolirla; no se trata de encubrir los antagonismos de clase, sino de abolir las clases; no se trata de mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva.” [35].

El POUM tuvo dos errores en la participación en el gobierno de Tarradellas: un error de principios marxistas en la cuestión del Estado y el gobierno, y un error de adaptación, en la guerra civil, a la política dominante en las cumbre oficiales. Prefirieron la participación en el gobierno, alegando que si este no era ocupado exclusivamente por partidos obreros y organizaciones sindicales como ellos querían, no impondrían su “punto de vista”[36].

Rous, se basaba en las enseñanzas de la experiencia rusa, y combatía mediante denuncias a la línea menchevique-stalinista que se quería imponer, para ello tomaba al Lenin de “Las Tesis de Abril” y recomendaba: “Para ganar la mayoría vayamos hacia las masas, hacia las profundidades de los ‘soviets’ (o comités), no nos adaptemos a las cumbres de la democracia contrarrevolucionaria… expliquemos pacientemente nuestra política. Contra la agresión del enemigo principal reaccionario fascista, hagamos frente único militar con las democracias… pero nuestra estrategia fundamental: que los comités tomen el poder en sus manos, que se movilicen permanentemente contra el poder oficial hacia la dictadura del proletariado, hacia el gobierno obrero y campesino.”[37].

– Partido y Dirección

Los dirigentes del POUM (Nin y Andrade), rompieron con los métodos y la política de la IV Internacional, no sólo organizativamente, sino que también ideológicamente, optando por una orientación centrista (postura oscilante entre la reforma y la revolución), frente a la postura marxista de la de la IV Internacional. Trotsky ya denunciaba en abril del ´37, que los dirigentes stalinistas, anarquistas y socialistas, estaban subordinando la revolución, a los intereses de la burguesía[38].

Casanova también fue muy crítico de la posición del POUM, los calificó de oportunistas durante y después de la revolución española. Desde la IV Internacional él trató de impulsar una política diferenciada del colaboracionismo de clases, contra el “anarco-ministerialismo, en el sentido antiburgués y marxista.”[39]. “(…) tenemos derecho a decirle al POUM: ‘Ustedes eran un partido de cuadros, aunque un partido minoritario, pero un partido de masas, con una política bolchevique, basándose en los elementos de doble poder, habrían podido convertirse en un factor importante, quizás decisivo en el país, y cambiar la situación’.”[40]. Ya era sabido para ese entonces que “(…) el proletariado no podrá vencer si a su cabeza no se encuentra un partido revolucionario que haya conseguido ganarse la confianza de la mayoría de los obreros y de los campesinos semiproletarios.”[41].

Trotsky escribe “¿Es posible la victoria?” en abril de 1937 discutiendo por un artículo de Nin donde declaraba: “Aún disponemos de la suficiente fuerza como para derrumbar el castillo de naipes de la democracia burguesa con un simple soplido.”[42]. Esta mala lectura de la realidad, donde “ingenuamente” Nin creía que no era necesaria una toma del poder violenta por parte de los revolucionarios, llevó a la derrota, entre otras causas, al proletariado español.

Con respecto a la pequeña burguesía partidaria Marx decía en 1850: “(…) trata de arrastrar al proletariado a una organización de partido donde predominarán las frases socialdemócratas de tipo general, tras las que se ocultarán los intereses particulares de la democracia pequeñoburguesa, y en la que las reivindicaciones especiales del proletariado no serán plateadas en aras de la tan deseada paz. Semejante unión sería hecha en exclusivo beneficio de la pequeño burguesía democrática y en indudable perjuicio del proletariado. Éste habría perdido toda su posición independiente (…) y habría caído una vez más en la situación de simple apéndice de la democracia burguesa oficial. Tal unión debe ser, por lo tanto, resueltamente rechazada. En vez de descender una vez más al papel de coro destinado a aplaudir a los demócratas burgueses, los obreros, y ante todo la Liga, deben procurar establecer junto a los demócratas oficiales una organización propia del partido obrero, a la vez legal y secreta, y hacer de cada comunidad centro y núcleo de sociedades obreras en las que la actitud y los intereses del proletariado puedan discutirse independientemente de las influencias burguesas.”[43]. Increíblemente, todo lo contrario a las advertencias marxistas fue lo que llevaron a cabo los dirigentes del POUM. Muchos decían que se hubiera necesitado de un Lenin en la España revolucionaria, pero antes de un gran dirigente se necesitaba un partido revolucionario, con cuadros probados, que llevara adelante una política independiente y permanentista que diera lugar al surgimiento de un revolucionario a la altura de un Lenin o Trotsky, como en la Rusia de 1917. Ya este último lo había anticipado, un partido revolucionario fiel a los principios marxista no se puede crear en el transcurso de la revolución, y mucho menos, en el transcurso de ella, se puede optar por una nueva dirigencia: “(…) es necesario que un partido de estas condiciones exista desde mucho antes de la revolución en la medida en que el proceso de formación de cuadros exige plazos considerables y que la revolución no deja tiempo para ello.”[44].

– Unión Obrero-Campesina

El campesinado fue la base del ejército, y para la guerra civil también fue un aliado imprescindible. Pero para mantenerlo era necesario que el Frente Popular realizara la reforma agraria, que no la implementó jamás. Cuando se intentó ejecutarla, la contrarrevolución abortó todas las maniobras. El POUM en noviembre del ´36 declaraba: “Socialización de la tierra, distribución de la tierra a los campesinos que no la tienen en cantidad suficiente y según las necesidades de cada uno. Respeto a la pequeña propiedad privada cuando no supere la capacidad de trabajo familiar. Ayuda a las colectividades agrícolas, técnica y económica… Supresión de los intermediarios por la organización cooperativa de las compras y las ventas…”[45]. Este era el programa que se debía implementar para poder hacer del campesinado un aliado revolucionario. Pero con las políticas stalinistas y el gobierno de Negrín, lo único que se pudo lograr fue romper la alianza fundamental para que la revolución triunfara.

“El campesinado español ha demostrado suficientemente que intenta con todas sus fuerzas caminar junto al proletariado. Sólo hace falta que el proletariado comience a expropiar los latifundios. Pero son precisamente los stalinistas y sus nuevos alumnos, “los socialistas” y “los anarquistas”, los que están impidiendo al proletariado lanzar el programa agrario revolucionario.”[46].

– La Guerra Civil

Para Trotsky, en la guerra civil la política domina la estrategia. “Audaces reformas sociales representan el arma más potente en la guerra civil y la condición fundamental de la victoria sobre el fascismo.”[47]. Veía a esta como: “(…) un proceso en el que las tareas políticas se cumplen con medios militares. (…) La guerra tiene su propia organización, sus propios métodos, su propia dirección, que determinan directamente sus resultados (…) el ‘estado de las fuerzas de clase’ no disminuye en nada la importancia de los partidos, de su estrategia y de su dirección.”[48]. Demostrado quedó en la guerra civil española, donde los partidos revolucionarios se posicionaron como apéndices de la burguesía, en la lucha contra el fascismo. Las direcciones subordinaron sus propios métodos y estrategia en defensa de la república, y en detrimento de sus bases. No supieron, o no quisieron, crear las condiciones para una tercera salida: entre la restauración y el fascismo, se elegiría la primera, pero habiendo posibilidades de una salida revolucionaria, las dirigencias no tendrían que haber vacilado.

En la guerra civil tener una política independiente significaba lo que Rous decía: “(…) no había que abandonar ni un segundo la lucha unida contra Franco, pero al mismo tiempo, en la retaguardia, había que preparar el conflicto armado contra el bloque demócrata-stalinista que ya lo había comenzado. Era necesario preparar la contra insurrección a la provocación stalinista que crecía.”[49]. Y continuaba, “(…) la máxima garantía contra el aplastamiento, era la toma del poder y el llamado al proletariado internacional, por encima de la dirección del Frente Popular.”[50] Paralelamente Trotsky durante el proceso español aclaraba: “Hasta 1934 nos esforzamos una y otra vez en explicar a los stalinistas que, incluso durante la etapa imperialista, la democracia burguesa conserva sus ventajas sobre el fascismo, que siempre que uno y otro choquen violentamente es necesario sostener a la democracia contra el fascismo. Sin embargo, añadíamos: podemos y debemos defender a la democracia burguesa no con los métodos de ésta, sino con los de la lucha de clases, o sea, con los métodos que preparan el derrocamiento de la clase burguesa por medio de la dictadura del proletariado.”[51]. Encima, la victoria de los obreros y campesinos revolucionarios de España, creía Trotsky, significaba un potente factor de paz, ya que si la revolución triunfaba el fascismo hubiese perdido una batalla importantísima, no sólo en el ámbito nacional, sino también en el internacional. Finalmente, la derrota de estos, significó para Europa el comienzo de la segunda guerra mundial.

– Derecho de los Pueblos a su Autodeterminación

Las tropas marroquíes fueron claves para la victoria franquista. De haberse respetado e implementado el derecho de los pueblos a su autodeterminación, a poder disponer de sí mismos, la historia seguramente (entre otros factores) hubiese terminado distinta. Más allá de los intentos de la IV Internacional, el gobierno francés de Blum se resistió a conceder este tipo de derechos, repercutiendo esta decisión en España, por miedo a que se levantara también el Marruecos francés. Otro de los principios marxistas no fue respetado, en pos del capitalismo imperialista.

– El Anarquismo

“En el origen, en la primavera de la revolución, este antiestatismo y este antipoliticismo de principios, del que las masas catalanas se habían impregnado, tuvo funestas consecuencias en el propio curso de la revolución. El desprecio de la política y el estado contribuía fuertemente a dejarle el lugar a los políticos y al estado burgués.”[52]. “(…) por no comprender la cuestión del estado proletario, es decir, el Estado de los comités, el anarquismo dejó abandonados a los comités con preponderancia anarquista, que tenían el poder efectivo en toda Cataluña, que ponían en práctica el marxismo sin saberlo.”[53]. Los dirigentes anarquistas no supieron en ningún momento aprender de las enseñanzas de las experiencias revolucionarias pasadas, ni de la propia experiencia española. Increíblemente, desechaban la posibilidad de la toma del Estado, pero aceptaban los cargos ministeriales ofrecidos por el Frente Popular. El dogmatismo ideológico en el que se veían envueltos, no hizo más que sumar otro factor subjetivo, al fracaso de la revolución. Los análisis marxistas ya habían dado las experiencias necesarias como para entender que “La tarea más importante de la revolución, la primera, es destruir el Estado burgués para sustituirlo con la forma –al fin encontrada- en la Comuna de Paris, e ilustrada por la Revolución Rusa: el Estado-comité o soviet.”[54]

– Doble Poder

Decía Rous, “El Estado obrero es la organización más democrática y más unitaria de las masas obreras y campesinas, en los comités de fábricas, de aldeas, de soldados, unidos entre ellos por Comités regionales, por el Comité Central, y deliberando soberanamente en los Congresos de los Comités.”[55]. Sólo hacía falta que “Junto a los nuevos gobiernos oficiales, los obreros deberán construir inmediatamente gobiernos obreros revolucionarios , ya sea en forma de comités o consejos municipales, ya en forma de clubes obreros o comités de obreros, de tal manera que los gobiernos democráticos burgueses no sólo pierdan inmediatamente el apoyo de los obreros, sino que se vean desde el primer momento vigilados y amenazados por autoridades tras las cuales está toda la masa de obreros. En una palabra, desde el primer momento de la victoria es preciso encauzar la desconfianza, no ya contra el partido reaccionario derrotado, sino contra los antiguos aliados, contra el partido que quiera aprovechar la victoria común en su exclusivo beneficio.”[56]. Contrariamente a esta política, las direcciones del POUM y la CNT, reforzaron y le dieron aire nuevo al restaurado aparato burgués, entrando en él, y fueron ellos mismos que desde dentro de estos gobiernos, permitieron que el doble poder no se transformara en el cementerio de la república democrática, por parte del creciente desarrollo de los Comités, sino que todo lo contrario. Con estos dirigentes como funcionarios, la burguesía sepultó los intentos de autoorganización obrera y campesina, tanto política como económicamente.

– Conclusiones de la Conclusión

Los marxistas revolucionarios debían defenderse de la agresión fascista, con los métodos propios de la revolución socialista, mediante la acción directa, comités, milicias obreras y campesinas, etc. Había que luchar militarmente contra el fascismo, pero defendiendo sus propias organizaciones, sus derechos, y sus intereses contra el gobierno republicano. Era necesario diferenciar entre la táctica de la “defensa de la democracia”, subordinada a la estrategia de la lucha por la revolución socialista. Debían utilizar la lucha en el campo democrático, según sus intereses, contra el campo fascista. La victoria en el primero hubiese abierto la posibilidad más contundente de la victoria de la revolución. En cambio, la victoria en el segundo aplastaba toda posibilidad, como ocurrió finalmente en 1939.  Ya adelantaba Trotsky, en abril de 1937, que la guerra se prolongaba producto del programa burgués del Frente Popular, con fuerte influencia de la burocracia stalinista. Preveía que si esta política seguía implementándose, las masas terminarían extenuándose y desmoralizándose, con la posterior victoria fascista.

Ya antes de que comenzara el proceso revolucionario, también había previsto Trotsky en 1931 ciertas consideraciones erradas publicadas en Pravda[57]: “(…) esa gente sueña en un proceso de tránsito evolutivo de la revolución burguesa a la socialista, por una serie de etapas orgánicas que se presentan bajo distintos seudónimos: Koumintang, “dictadura democrática”, “revolución obrera y campesina”, “revolución popular”, y en este proceso el momento decisivo en que una clase arrebata el poder a la otra, se disuelve imperceptiblemente.”[58]. “No es el poder burgués el que se transforma en obrero-campesino y luego en proletario, no; el poder de una clase no se “transforma” en poder de otra, sino que se arrebata con las armas en la mano. Pero después que la clase obrera haya conquistado el poder, los fines democráticos del régimen proletario se transforman inevitablemente en socialistas. El tránsito orgánico y por evolución de la democracia al socialismo es concebible sólo bajo la dictadura del proletariado. He aquí la idea central de Lenin.”[59].

Para Trotsky, en agosto de 1940, pero como venía previniendo desde 1931, el proletariado español había caído como víctima de la colación entre los imperialistas, los republicanos españoles, los socialistas, los anarquistas, los stalinistas y, en el ala izquierda, por el POUM. Este fue víctima de las contradicciones de su propia política, por traicionar las enseñanzas marxistas que habían quedado claramente advertidas con anterioridad.

*

La experiencia española abre distintos disparadores. Entre ellos deja el sabor amargo de que estas posibilidades no se presentan continuamente en la historia, y cuando encima se desperdician dejando saldos tan grandes para toda la humanidad uno se ve desalentado, porque la derrota de los revolucionarios de un país, significa la derrota de todos los proletarios del mundo. Pero uno también se enriquece de semejante heroísmo y valentía, y sobre todo, nos deja nuevas enseñanzas y nuevas cuestiones a debatir. En principio, la importancia de la creación de un partido revolucionario antes y durante la revolución, que sea fiel a los principios marxistas, que se fundan en la experiencia histórica de nuestros compañeros de ayer. Un partido a la altura de las circunstancias que cuando llegue el momento preciso, pueda tomar el cielo por asalto, para presentarle una nueva posibilidad de liberación a toda la humanidad.


[1] Datos obtenidos del documental “Revolución y Guerra Civil Española”, realizado por Contraimagen, 2006.

[2] “Revolución y Guerra Civil Española”, Contraimagen, 2006.

[3] Este punto será aclarado más adelante.

[4] El 90% del ejército republicano apoyaba al fascista Franco. Documental “Revolución y Guerra Civil Española”.

[5] Documental “Revolución y Guerra Civil Española”.

[6] Rous, J.: España 1936 – España 1939, La Revolución Asesinada en “La victoria era posible”, compilación de Mónica Torraz y Rossana Cortez, Ediciones IPS y CEIP León Trotsky, 2006.

[7] Rous, J.: Op. Cit.

[8] Rous, J.: Op. Cit.

[9] Para el dirigente anarquista de la CNT, no había posibilidades a esa altura de que coexistan los dos poderes. Documental “Revolución y Guerra Civil Española”.

[10] Así caracterizado por Rous. Rous, J.: Op. Cit.

[11] Rous, J.: Op. Cit.

[12] Rous, J.: Op. Cit.

[13] Skocpol, T.: “Los Estados y las revoluciones sociales. Un análisis comparativo de Francia, Rusia y China”, FCE, México.

[14] Skocpol, T.: Op. Cit.

[15] Skocpol, T.: Op. Cit.

[16] Rous, J.: Op. Cit.

[17] Skocpol, T.: Op. Cit.

[18] Skocpol, T.: Op. Cit.

[19] Trotsky, L.: ¿Es posible la victoria? en “La victoria era posible”, compilación de Mónica Torraz y Rossana Cortez, Ediciones IPS y CEIP León Trotsky, 2006.

[20] Skocpol, T.: Op. Cit.

[21] Tilly, C.: “Las revoluciones europeas, 1492 – 1992”, Ed. Critica, Barcelona, 1995.

[22] Aya, R.: “Reconsideración de las teorías de la revolución”.

[23] Tilly, C.: Op. Cit.

[24] Aya, R.: Op. Cit.

[25] Aya, R.: Op. Cit.

[26] Trotsky, L.: Resultados y Perspectivas: las fuerzas motrices de la revolución en “La teoría de la revolución permanente” Compilación, CEIPLT, Buenos Aires, 2005.

[27] Trotsky, L.: Op. Cit.

[28] Trotsky, L.: Op. Cit.

[29] Trotsky, L.: Op. Cit.

[30] Trotsky, L.: Op. Cit.

[31] Trotsky, L.: Op. Cit.

[32] Trotsky, L.: Op. Cit.

[33] Trotsky, L.: Op. Cit.

[34] Trotsky, L.: Op. Cit.

[35] Marx, K. Y Engels, F.: Mensaje del Comité Central a la Liga de los Comunistas en “La Teoría de la Revolución Permanente” Compilación, CEIP León Trotsky, 2005.

[36] “Resolución del Comité Central del POUM sobre la actual situación política”, 7 de octubre de 1936, en “La victoria era posible”, compilación de Mónica Torraz y Rossana Cortez, Ediciones IPS y CEIP León Trotsky, 2006.

[37] Rous, J.: Op. Cit.

[38] Trotsky, L.: ¿Es posible la victoria?  Op. Cit.

[39] Casanova, M.: La IV Internacional en la Revolución Española en “La victoria era posible”, compilación de Mónica Torraz y Rossana Cortez, Ediciones IPS y CEIP León Trotsky, 2006.

[40] Casanova, M.: Op. Cit.

[41] Trotsky, L.: ¿Es posible la victoria? Op. Cit.

[42] Articulo publicado en la prensa del POUM La Batalla en 21 de marzo de 1937. Trotsky, L.: ¿Es posible la victoria? Op. Cit.

[43] Marx, K. Y Engels, F.: Op. Cit.

[44] Trotsky, L.: “Clase, partido y dirección”, versión digital: http://www.marxismo.info/spip.php?article127

[45] Rous, J.: Op. Cit.

[46] Trotsky, L.: ¿Es posible la victoria? Op. Cit.

[47] Artículo escrito el 19 de febrero de 1937. Trotsky, L.: La revolución española puede salvar a Europa Op. Cit.

[48] Trotsky, L.: “Clase, partido y dirección”, Op. Cit.

[49] Rous, J.: Op. Cit.

[50] Rous, J.: Op. Cit.

[51] Trotsky, L.: ¿Es posible la victoria? Op. Cit.

[52] Rous, J.: Op. Cit.

[53] Rous, J.: Op. Cit.

[54] Rous, J.: Op. Cit.

[55] Rous, J.: Op. Cit.

[56] Marx, K. Y Engels, F.: Op. Cit.

[57] Prensa stalinista rusa.

[58] Trotsky, L: ¿Cuál será el carácter de la revolución en España? Op. Cit.

[59] Trotsky, L.: ¿Qué es la “transformación” de la revolución? Op. Cit.

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