¿Por qué la Ciencia Política oficial niega la opresión que sufrimos las mujeres?

“Hemos de volvernos a Marx. A todo Marx. Sin su filosofía de la revolución,

ni el movimiento por la liberación de la mujer, ni la humanidad toda,

descubrirán las bases que aseguren el triunfo de la revolución”

Raya Dunayevskaya

Como hemos manifestado a lo largo de este boletín, la carrera de Ciencia Política no aborda dentro de su plan de estudio, los problemas sociales que atañen a las mayorías trabajadoras y populares del mundo.

En particular queremos denunciar desde esta Sección de la Mujer, la ausencia en la carrera de contenidos que den cuenta de las condiciones de vida de las mujeres, que somos más de la mitad de la población mundial. Esta omisión anula debates al interior de la comunidad académica, que permitirían delinear las estrategias a seguir para luchar consecuentemente por los derechos que nos son negados en el sistema actual, y en la perspectiva de una conquista mayor: la eliminación de toda opresión y explotación.

En concordancia con esta denuncia consideramos imprescindible poner de manifiesto que la actual gestión de Mayer, alineada con el oficialismo impulsor de la Ley de Educación Superior[1],  ha dado sobradas muestras de su interés por vaciar la carrera de todo contenido crítico y así seguir manteniendo un modelo de universidad al servicio de los empresarios, y en particular en la carrera de Ciencia Política, como una usina creadora de técnicos del Estado.

Un claro ejemplo de esto es que para el comienzo del ciclo lectivo 2007 se recortó del programa la única materia (Seminario- “Las Fisuras de la Teoría: El Genero en Perspectiva) relacionada con la cuestión de género. Y la total evidencia del mencionado interés, fue la ardua lucha que dimos contra Mayer, sus discípulos y sus aliados de La Vallese, a fin del año pasado, frente al intento de abolir del programa materias optativas como la de Bonnet “Teoría de la organización política en la tradición revolucionaria” o “Economía Internacional” de Filadoro.

Por todo lo dicho, desde Contratiempos consideramos fundamental organizarnos y luchar por una transformación de fondo para la carrera y es en ese contexto que se inserta el presente artículo, con el fin de generar debates críticos sobre cuestiones veladas que atañen a las mayorías trabajadoras y populares.

Opresión y lucha de clases. Un vínculo negado.

“Es hora de que el feminismo deportivo deje paso al verdadero,

que debe encuadrarse en la lucha de clases”

Carolina Muzilli

Desde nuestra perspectiva, es el materialismo histórico el único método científico que permite dar cuenta de la opresión que sufrimos las mujeres a lo largo de la historia de la lucha de clases, nacida con el surgimiento de la propiedad privada.

Como dice Engels: “… el factor decisivo en la historia es, en fin de cuentas, la producción y la reproducción de la vida inmediata.”[2] La producción atañe a la creación de los medios de existencia y los instrumentos para producirlos. Y la reproducción se define por todas aquellas tareas que permiten la producción social, o sea la procreación, las labores domésticas en el seno de la familia, la crianza de los hijos, la educación, etc.

Las clases sociales nacen junto con la propiedad privada, y el modo de producción capitalista transforma a unos pocos en dueños de los medios de producción. Para las grandes mayorías queda una única salida: vender su fuerza de trabajo a los propietarios de esos medios. En esa primera división social del trabajo, las mujeres quedamos relegadas al ámbito de la reproducción social en el seno de la institución familiar. Pero este reparto, por más que lo quieran ocultar, no fue azaroso.

La constitución de la familia en el capitalismo fue necesariamente monogámica, ya que frente a la acumulación de riqueza por parte de los propietarios, estos debían asegurarse la legitimidad de sus hijos que a su muerte serían beneficiados con el derecho a herencia. La “reproductora” era la mujer, por ende había un destino obligado. Para ellas, el trabajo doméstico en el hogar.

Nos parece importante resaltar que si bien la sociedad queda dividida así en dos clases sociales principales (aquellos que explotan y se apropian del trabajo ajeno, y aquellos que venden su fuerza de trabajo a cambio de un salario), las mujeres como grupo social no pertenecemos a una clase diferenciada de estas, sino que “… consideramos que explotación y opresión se combinan de diversas maneras. La pertenencia de clase de un sujeto delimitará los contornos de su opresión.”[3]

Con el posterior desarrollo del capitalismo, la extensión de este modo de producción a nuevos territorios, la necesidad de reclutar hombres para engrosar las filas de los ejércitos y el avance de las sociedades industriales, entre otras causas, se cristalizó una de las tantas contradicciones que conlleva en sí mismo el sistema capitalista. En un primer momento, las mujeres tuvieron la necesidad de ponerse solas al frente de sus hogares, sin otra opción que vender su fuerza de trabajo. Pero a la salida de la segunda guerra mundial, fue el mismo sistema el que necesitó transformar a las mujeres en trabajadoras, producto de las devastadoras y fatales consecuencias que las continuas guerras causaron en las filas obreras.

A pesar del ingreso de las mujeres a las fábricas y a los sectores de los servicios, ellas no se vieron liberadas de ser las responsables de llevar adelante las tareas pertinentes a la reproducción social. Cae sobre sus espaldas, entonces, una doble jornada laboral: la llevada a cabo en sus lugares de trabajo y, al finalizar esta, la relacionada con el trabajo doméstico en el ámbito hogareño.

Por lo expuesto concluimos, en principio, que bajo el sistema capitalista para las mujeres trabajadoras hay un solo destino: pesa sobre nosotras una doble cadena, la explotación de clase y la opresión de género.

La lucha contra el patriarcado debe ser necesariamente anticapitalista

Luego del breve recuento histórico que hemos realizado acerca de nuestra caracterización de la opresión que sufrimos las mujeres, estamos en condiciones de delinear una primera conclusión: la lucha contra el patriarcado debe ser necesariamente anticapitalista.

Desde el marxismo consideramos que la estructuración de la sociedad está dada principalmente por la diferenciación de clases sociales. Y siendo coherentes con nuestros fundamentos teóricos es que no podemos igualar, o incluso poner por encima, del antagonismo de clase, otras identidades oprimidas.

En primera instancia, que la lucha sea anticapitalista significa que nuestro horizonte no puede ser otro que el de la revolución social, como primera condición de posibilidad para la emancipación de las mujeres[4]. Esta revolución sólo podrá ser protagonizada por los trabajadores y las trabajadoras, por el lugar estratégico que juegan en la producción, en alianza con todos los sectores oprimidos.

Es por ello que creemos que cualquier programa que se pretenda emancipatorio no podrá omitir, entre sus premisas, las reivindicaciones de las diversas identidades oprimidas bajo este mismo sistema. Las mujeres, indefectiblemente, en el camino hacia la revolución socialista, debemos unirnos a los trabajadores y trabajadoras.

A esta altura se vuelve necesario trazar más profundamente la estrategia que nos damos las mujeres en nuestra disputa. En el camino por la destrucción de la sociedad basada en clases tenemos el desafío, mientras perdure el sistema, de organizarnos para arrancarle al Estado los derechos democráticos que nos son negados, por ejemplo, el derecho al aborto, mejores condiciones laborales, igualdad de salario por la misma tarea, etc. Pero… ¿Cómo luchamos?

El debate estratégico. Un debate necesario.

“El socialista que no es feminista carece de amplitud.

Quien es feminista y no es socialista carece de estrategia”

Louise Kneeland (1914)

En la lucha por nuestros derechos es necesario que las mujeres tengamos nuestras propias instancias de organización para convertirnos en sujetos de nuestra propia política. Dicha organización, debe ser, necesariamente, independiente de cualquier institución garante de la explotación y opresión que padecemos las mujeres: el Estado, los gobiernos de turno, las instituciones privadas de financiamiento, los partidos patronales y la Iglesia.

¿Y por qué necesariamente debemos confrontar con el Estado? Porque es el primer garante de la estructuración de esta sociedad, porque para la organización de la violencia de una clase sobre otra, hace uso de las fuerzas represivas, todas ellas patriarcales y ampliamente necesarias para el imperio del orden burgués que más duramente golpea sobre las mujeres. Porque es ese mismo Estado el que subsidia económicamente a la Iglesia, y con ello, le permite el desenvolvimiento de su poderío y sojuzgamiento en especial sobre nosotras.

Cuando el movimiento de mujeres no se dio una estrategia de independencia de clase, cayó en manos de la cooptación gubernamental, de la “oenegización”[5], el institucionalismo y el academicismo feminista, que tuvo como consecuencia final la despolitización y la fragmentación del movimiento, y su ulterior desmovilización. El feminismo se ha privatizado.

Claro está, a lo largo de los últimos años, que no es el debate estratégico, fervoroso, el que fracciona. Quien divide es quien domina y quien encarna esa dominación. Son las políticas de cooptación de los gobiernos de turno, quienes quiebran las filas del movimiento de mujeres. Son las prebendas del Estado, el financiamiento privado o el status académico quienes han corrompido la unidad en la lucha. Como han sabido decir compañeras nuestras: “Se ha pasado de la política en las calles, a la política en los palacios.”[6]

En los últimos años, en especial en la Argentina, hemos visto el fortalecimiento de la tecnocracia de género, que no es más que el ingreso a la maquinaria estatal de las viejas dirigentes del movimiento de mujeres, que se han convertido en cuadros técnicos de los nuevos gobiernos.

Sólo basta nombrar a María José Lubertino[7], actual presidenta del INADI. O Graciela Ocaña[8], actual Ministra de Salud, que ha tenido la bonanza de declarar que el aborto era una cuestión de “política criminal” (Página12, 16/12/2007). O a la “feminista” Jueza de la Corte Suprema de Justicia, Argibay[9], quien recientemente ha fallado en contra de Romina Tejerína. La mítica defensora de los derechos de las mujeres Eva Giberti[10], actualmente funcionaria del Ministerio de Justicia a cargo de Aníbal Fernández, quien en el 2003 fue distinguida “Ciudadana Ilustre” otorgada por la gestión del entonces Jefe de Gobierno Aníbal Ibarra.

Un solo dato más para ejemplificar la cooptación del Gobierno sobre distintas mujeres referentes, apropiadas hoy día de las históricas demandas del movimiento de mujeres: “La ministra Graciela Ocaña no pudo contener las lágrimas cuando Cristina Fernández de Kirchner, la mujer con la que alguna vez estuvo políticamente enfrentada –en tiempos en los que ella era ladero principal de Elisa Carrió, en la Comisión Antilavado-, la mencionó puntualmente en su discurso inaugural.”[11]

Hasta la periodista Soledad Vallejos describe la situación en el suplemento Las12: “(…)  en los pasillos del Congreso algunas legisladoras que estrenan mandato cuentan con alegría nada disimulada un detalle que podría ser dato: unas cuantas nuevas legisladoras, a la hora de presentarse en las comisiones que integrarán, se definen como feministas.”[12]

Y a pesar que los datos sobran, y que los errores han sido muchos, incluso hoy hablar de estrategias políticas muchas veces resulta increíblemente dificultoso al interior de cualquier movimiento político o social, y más aún en las filas del feminismo. Es pertinente cristalizar un debate que se oculta o que muchas veces, incluso, no se quiere dar, bajo los argumentos de que esas discusiones “dividen y fragmentan”, como decíamos anteriormente. Por el contrario, estamos plenamente convencidas de que la claridad estratégica y la delimitación política de aquellos sectores que nada tienen que ver con la lucha de las mujeres por sus derechos, es un requisito básico para emprender un camino de amplia unidad para exigir y conquistar nuestras demandas.

Pero las consecuencias que hoy día vemos, en la falta de un movimiento que levante las banderas de las mujeres explotadas y oprimidas no es casual, y mucho menos coyuntural, tiene que ver justamente con el desarrollo de la lucha de clases. Es la expresión de la derrota histórica de la época de ascenso revolucionario a nivel mundial. El fin de esa etapa que barrió con las experiencias del Mayo Francés (1968), del Otoño Caliente italiano (1969), la Primavera de Praga (1968), los Cordones Industriales chilenos (1972/3), el Cordobazo argentino (1969), tuvo como consecuencia un revisionismo del marxismo que sacó lecciones erradas de aquella gesta histórica. En vez de entender el retroceso, después de la derrota, como un punto nodal en la larga historia de la lucha de clases, que se sigue desenvolviendo, aquellos que sobrevivieron se reclutaron al espacio de la negación del Estado, sin pensar, con las lecciones sobre las espaldas, las estrategias políticas a darse en la lucha anticapitalista, que indefectiblemente significa un enfrentamiento con el Estado.

Y a esta altura ya podemos sacar otra conclusión. Decíamos anteriormente que no hay lucha contra el patriarcado, que no sea anticapitalista. Y no hay lucha anticapitalista si la misma no se enfrenta al Estado con una estrategia de independencia de clase.

Institucionalización ó marginalización del movimiento de mujeres. ¿Y cuál es la salida?

Con el neoliberalismo, el arribo del financiamiento privado internacional para proyectos asistencialistas focalizados, el retroceso en la dinámica de la lucha de clases, y distintos factores, la tendencia mundial predominante fue la desarticulación del movimiento en las calles que intervenía políticamente y se enfrentaba al Estado, para recluirse en el intento idílico de crear un lugar por fuera del ojo estatal, donde podamos revertir las relaciones sociales predominantes y crear una contracultura femenina o de diversidad identitaria. El intento, en muchos casos, terminó en marginalización. Pero hubo finales más trágicos.

Olvidaron quienes eligieron el intento de ese no-lugar, donde el Estado no interfiera, que las relaciones sociales están condicionadas principalmente por lo que estructura a la sociedad, por lo que las relaciones sociales de producción hacen a las relaciones sociales entre los sujetos, y que al Estado como garante de esa relación jamás podemos hacerle el favor de negarlo. Agradecen los agentes del Estado semejante decoro ante él.

Podemos sintetizar que el movimiento de mujeres, como tantos otros movimientos sociales y políticos de la época, pasaron de ser insurreccionales en los ´60 y ´70, a recluirse al espejismo de la negación del Estado al calor de las nuevas teorías autonomistas, en los ´80 y ´90. Cuando el velo se les terminó de desprender de las narices, y no tuvieron otra salida que reconocer nuevamente al Estado, allí triunfante y reconstituido luego de la crisis capitalista del ´73, lo abrazaron de tal forma, que se institucionalizaron en él, al calor de los gobiernos reformistas o antineoliberales. De ser autónomas del Estado, pasaron a ser el Estado mismo.

Es por toda la experiencia acumulada, que debemos rescatar las lecciones del pasado y aportar desde este humilde lugar al debate estratégico que necesariamente tiene que ser el punto de partida de cualquier acción política que se pretenda revolucionaria.


[1] Ley votada por el menemismo que próximamente será retocada por el Gobierno de los Kirchner, pero sin modificar, en lo más mínimo, que la misma subordina aún más la producción de la universidad a los intereses de los empresarios.
[2] Engels, F.: “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”, Prefacio a la primera edición, 1884.
[3] D’Atri, A.: Pan y Rosas, pertenencia de género y antagonismo de clase en el capitalismo, Ed. Armas de la Crítica, Bs. As., 2004.
[4] Resaltamos la revolución social como una primera condición de posibilidad (y no suficiente) ya que estamos convencidas, como la propia historia lo demostró, que una vez que los trabajadores y trabajadoras tomen el poder quedarán aún muchas tareas para llevar a cabo con el fin de lograr la emancipación definitiva de todas las identidades oprimidas.
[5] “La cooptación alcanzó cifras indiscutibles: según la información de la OECD, en 1970, las ONGs de los países latinoamericanos recibieron 914 millones de dólares; en 1980 la cifra ascendió a 2368 millones de dólares y en 1992, rondó los 5200 millones. (…) Las estadísticas de la OECD nos hablan de un aporte estatal y privado a las ONGs de alrededor de 10.000 millones de dólares, lo que representa la cuarta parte de la ayuda bilateral global.” D’Atri, A.: Pan y Rosas, pertenencia de género y antagonismo de clase en el capitalismo, Ed. Armas de la Crítica, Bs. As., 2004
[6] Chaves, M. Y Calcagno, J.: “La lucha por el derecho al aborto en la Argentina desde el 2001 hasta el 2007: de la combatividad en las calles a la pasivización”. Presentado en las Jornadas de la Carrera de Sociología (UBA), 2007.
[7] Actualmente ocupa su cargo desde el año 2006, y es abiertamente kirchnerista a pesar de que desde 1996 entró en las  filas de la UCR como Constituyente de la ciudad de Buenos Aires, ocupando de allí en más cargos como funcionaria a excepción de la gestión de Menem. Lo cual pone en clara evidencia que para esta “militante feminista” la estrategia de lucha de las mujeres debe estar subsumida al parlamento. A lo largo de su vida se ha desempeñado como Coordinadora General del proyecto Tercer Sector y Nuevas Formas de Gestión en la Secretaría de Promoción Social del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, 1999, y fue también candidata a Diputada Nacional por la ALIANZA (UCR) en ese año. Presidenta de Comisión Tripartita por la Igualdad entre Varones y Mujeres en el Mundo Laboral y Asesora de la Ministra de Trabajo en temas de género. Trabajó para el Ministerio de Trabajo Empleo y Formación de Recursos Humanos del gobierno nacional desde junio de 2001 hasta marzo de 2002.
[8] Su vida política comenzó de la mano del FREPASO en 1999. Trabajó con la ultracatólica Lilita Carrió en diversas investigaciones para descubrir el lavado de dinero y la corrupción del gobierno menemista. Al tiempo se pasó a las filas del kirchnerismo cuando le ofrecieron hacerse cargo del PAMI. Actualmente se desempeña como Ministra de Salud, alineada tras el discurso oficial K, se ha desligado de la cuestión de la despenalización del aborto y tampoco ha planteado ninguna política en lo que refiere a salud sexual y reproductiva.
[9] La Jueza Argibay argumentó su fallo en que Romina Tejerina no había sido víctima de ningún brote psicótico al momento de cometer el crimen. ¿Cómo entender este fallo de parte de alguien que se reinvindica luchadora por los derechos de las mujeres? Quizás se entienda si tenemos en cuenta que desde 1959 hasta la fecha, exceptuando el período 1976/1983 (en que debió retirarse a la justicia privada luego de estar casi 9 meses secuestrada por la dictadura militar), a pesar de haberse desempeñado como docente y de haber realizado otras actividades “progresivas” por fuera de la Justicia, ha formado parte de la Poder Judicial de la Nación, pero en el momento cumbre donde su “feminismo” estaba a prueba, votó en contra de Romina, el mismo día que le concedían la libertad al genocida de Patti.
[10] “Me han otorgado otros premios, pero jamás desde un lugar oficial”, declaró sorprendida Giberti, argumentando que siempre luchó contra el abuso de poder patriarcal, el día que se le entregó la distinción. Sin embargo es difícil comprender la sorpresa si tenemos en cuenta que entre 1985 y 1989, bajo el gobierno de Alfonsín, se desempeñó como Miembro del Consejo Asesor del Programa Mujer y Desarrollo de la Subsecretaría de Desarrollo Humano y Familia de la Nación. Actualmente cumple funciones en el Ministerio de Justicia, con el apoyo de “entrañable” Aníbal Fernández que no deja de alagar en cada entrevista.

[11] Hace referencia a la mención que hizo la presidenta Cristina Fernández en el discurso inaugural de las sesiones legislativas el 01/03/2008. http://www.parlamentario.com/noticia-13377.html

[12] Diario Pagina 12, Suplemento Las12: “Las leyes por venir”. 07/03/2008.

Categorías: Mujeres, Universidad | Deja un comentario

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