Enfrentar la criminalización de la juventud es una tarea estratégica

[La juventud como enemigo interno y las continuidades del kirchnerismo con el neoliberalismo]
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La juventud en el mundo es tema de tapa no sólo en los últimos años sino desde hace décadas. En los años 60 y 70 se expresó como movimiento estudiantil levantando las banderas antiimperialistas y las demandas democráticas contra regímenes opresivos, y se lo catalogó como “subversivo” o “guerrillero”. Protagonizó momentos de magnitud histórica desde el Mayo Frances, hasta el Cordobazo en Argentina, pasando por los movimientos de liberación nacional. Quedó caduco en esos años un proyecto de juventud trabajadora independiente, autónoma, que abrace un proyecto revolucionario bajo una perspectiva socialista, ante la crisis social, política y económica que atravesaba el mundo capitalista. Sólo el desarrollo de estas primeras líneas podrían abrir un sin fin de conclusiones y debates.

Según la antropóloga social mexicana Rossana Reguillo Cruz, la “juventud” es un concepto nacido en la posguerra, estudiado por ella en distintos momentos según sus expresiones y que jugó distintos roles en la sociedad capitalista. Tuvo un rol destacado en las décadas mencionadas, luego sufre una derrota política y en los años 80 se repliega al orden de lo privado, de la exaltación del individualismo y se invisibiliza como actor político. En los 90 las ciencias sociales, sobre todo en América Latina, conceptualizan a la juventud como problema social y proliferan las visiones reaccionarias desde la burguesía, el Estado y la academia. En palabras de la antropóloga: “resultó fácil convertir a los jóvenes tanto en “víctimas propiciatorias”, en receptores de la violencia institucionalizada, como en la figura temible del “enemigo interno” que transgrede a través de sus prácticas disruptivas los órdenes de lo legitimo social” (R. Reguillo Cruz, 2000). En la etapa de restauración burguesa, el joven es un delincuente.

Es interesante para pensar el protagonismo actual de la juventud a nivel internacional desde Medio Oriente hasta América Latina, pasando por Europa, la idea que toma del investigador catalán Carles Peíxa (1988) donde las “representaciones y prácticas juveniles debieran ser leídas como ´metáforas del cambio social´” (R. Reguillo Cruz, 2000). ¿Acaso estas ´metáforas del cambio social´ que desde 2008 atraviesan el mundo preanuncian al calor de la crisis económica internacional el fin de la etapa de restauración burguesa y el inicio de una nueva etapa con protagonismo juvenil?

Aunque la autora escribe en el año 2000 en el marco de una crisis social, económica y política de envergadura en America Latina, que se canalizó a través de los gobiernos posneoliberales y con regímenes de desvíos, algunas de sus ideas son interesantes para pensar la juventud hoy.

Dónde estaría el filo revulsivo de la juventud y cómo fallan los aparatos de contención social: “La incapacidad del sistema educativo del Estado para ofrecer y garantizar educación para todos, el crecimiento del desempleo y de la sobrevivencia a través de la economía informal, indican que el marco que sirvió como delimitación para el mundo juvenil, a través de la pertenencia a las instituciones educativas y a la incorporación tardía a la población económicamente activa, está en crisis” (R. Reguillo Cruz, 2000). La degradación del sistema educativo nacional (más allá del discurso kirchnerista de la “década ganada”), que no se revierte con una ley que establezca la obligatoriedad de la educación secundaria (que se centra sólo en la necesidad de la permanencia), junto con la degradación de las condiciones laborales por la proliferación del trabajo precario, sumado a los más de 600 mil jóvenes “ni ni” (ni trabaja ni estudia), son la base objetiva que generan las condiciones para el fin de una etapa, con protagonismo juvenil también en la Argentina.

Recapitulemos. El kirchnerismo, sobre todo luego de la muerte de NK, propagandizó la idea de una juventud militante regimentada y cooptada por los mecanismos estatales, atada de pies y manos para dar pelea contra las condiciones estructurales que genera el capitalismo golpeando sobre todo a la juventud trabajadora y del pueblo empobrecido. Incluso de forma oportunista ha alentado el derecho de los jóvenes a votar desde los 16 años, pero no como una concesión de derechos, sino como parte de un mecanismo de integrar a una franja social importante al régimen político sobre la hipótesis de que le otorgaría buenos resultados en las elecciones del 2013, en el marco del fin de ciclo y la crisis del peronismo, sin embargo las recientes PASO demostraron que esa maniobra le otorgó magros resultados. Este intento de integración al régimen de la juventud, dándole derechos políticos-ciudadanos, se combinó con el intento fallido de regimentar desde el Estado (proponiéndolo como proyecto de ley) la vida de los centros de estudiantes en los colegios secundarios y terciarios. Pero, atención, porque el fracaso del proyecto político del kirchnerismo para la juventud abre una brecha de intervención ofensiva para la izquierda revolucionaria, porque más allá de sus objetivos no podemos negar que el kirchnerismo actuó como una fuerza politizadora en amplias franjas de la juventud trabajadora y del movimiento estudiantil. Sin embargo, no es un dato menor que todos los proyectos de juventud sindical, trabajadora y estudiantil impulsados por el gobierno, que marcaron a la generación que sólo vivió este régimen político, fracasaron y abren el interrogante de quién es capaz de capitalizar lo que este fenómeno ha dejado. Más allá de los elementos objetivos que distinguíamos antes, (precarización de la educación, del trabajo y de la vida, por lo tanto “no hay mucho para perder”), estos elementos subjetivos que moldearon a toda una generación de jóvenes en 10 años (pos2001) merecen un debate profundo si es que pretendemos pensar la emergencia de una juventud revolucionaria, trabajadora y estudiantil, en la Argentina, en estos años de fin de una etapa de restauración.

Por estos días, luego de la derrota de las PASO, el gobierno no sólo se ha autoproclamado como un pagador serial de la deuda y entregó nuestros recursos a Chevron, sino que ahora protagoniza una campaña reaccionaria de criminalización hacia la juventud y de “mano dura”. Días previos a las PASO ya había ensayado un campaña de criminalización sobre los trabajadores, al mejor estilo macrista contra Claudio Dellecarbonara, contra los trabajadores del Sarmiento, para esconder quiénes son los verdaderos responsables de la crisis del transporte público que llevan al enriquecimiento de empresarios y funcionarios estatales, mientras matan al pueblo trabajador.

Esta política, que se profundiza, fue anticipada por la Ley Antiterrorista, el rol de PX, los 5 mil luchadores obreros y populares procesados, por las “amistosísimas” declaraciones de Cristina contra los docentes, y un sinfín de etc.

Pero ahora, esta fracción derrotada del peronismo, avanza sobre la criminalizacion de la juventud trabajadora y pobre como bien denunciaron ayer Myriam Bregman y María del Carmen Verdú en un programa televisivo.

La baja de la edad de imputabilidad, un “mataguacho” descontrolado designado como Ministro de Seguridad de Scioli, en el marco de la militarización de los barrios pobres del conurbano bonaerense, mientras la oposición presenta como “queja” que se descuidan las fronteras (sic), demuestran que más allá de los matices hay “unidad burguesa” con respecto al señalamiento del “enemigo interno”.

Volviendo a Rossana Reguillo Cruz, ésta campaña es una vuelta del kirchnerismo al discurso neoliberal (¡y claro que había continuidades, y más de una!) que señala a la juventud como “problema social”, como el enemigo interno. Es que si el kirchnerismo que construyó su identidad política en base a la existencia de un otro (“la derecha”), cada vez se le parece más y toma su agenda, necesita señalar al “joven pobre” como ese “otro” como su nuevo “enemigo interno”. Para él tiene todo el peso del aparato represivo del Estado. A la degradación de la educación pública, del trabajo, de la vida, se le suma el control estatal de la calle, con “el deterioro de los mecanismos de integración de la sociedad actual, [que] han significado que la vida para todos los actores sociales, pero particularmente para los jóvenes, se presente como incertidumbre.” (R. Reguillo Cruz, 2000). Más allá de nuestras diferencias con la antropóloga, la izquierda revolucionaria tiene que saber sembrar en este terreno sobre el que transita la juventud: el de la incertidumbre.

La “batalla cultural” kirchnerista contra la juventud merece una respuesta política, que sea parte de la preparación estratégica de toda izquierda que se pretenda revolucionaria. Su “aparato punteril-policial-sindical” tiene que ser contrarrestado si pretendemos hablar de futuro.

Fernando Espinoza, intendente de La Matanza, esta noche en un programa de TN sentenció que en su distrito “la gendarmería es como el agua bendita”. Más allá de la comparación religiosa, a tono con la relación del kirchnerismo con el nuevo Papa, revindicó como pionera la escuela de formación de la policía en la UNLaM, que según el intendente permitió triplicar las fuerzas policiales. Y como si fuese poco, después de revindicar a Granados, afirmó que las declaraciones de su par Insaurralde sobre la baja de la edad de imputabilidad pusieron en el centro de la escena lo que “la gente quiere debatir”.

Esta declaración de principios por parte de uno de los soldados de CFK merece una respuesta contundente, por parte de las fuerzas de la izquierda, en uno de los principales y más populosos distritos del GBA. ¿Para que se recuperaron los Sutebas en importantes seccionales del GBA si no se ponen a disposición de enfrentar esta avanzada reaccionaria sobre la juventud? ¿No son, acaso, los docentes, los que pueden unir a los sectores estratégicos del movimiento obrero con las barriadas populares y llegar al conjunto de la juventud, los primeros que deberían enfrentar, junto a otros trabajadores y los estudiantes secundarios, universitarios y terciarios, la criminalización de los jóvenes y las políticas represivas que sostienen todos los bandos patronales, empezando por el gobierno? ¿Acaso no está a la orden del día impulsar desde los sindicatos, las comisiones internas y los centros de estudiantes comités regionales contra la criminalización de la juventud? Los candidatos del FIT, y la propia referencia política que significa el Frente de Izquierda, deben ponerse al frente de desarrollar estas tareas para enfrentar con una política de independencia de clase a todos los bandos patronales en su tarea estratégica de fortalecer el aparato represivo estatal.

Pero la respuesta no puede ser parcial ni indiferente a la necesaria construcción de una potente juventud trabajadora, ese proyecto que nunca fue (aún), objetivo al que le evade hasta la izquierda trotskista (como el PO o IS), y de un potente movimiento estudiantil. Tampoco la respuesta puede ser la de las corrientes populistas que profesan una visión paternalista de los “jóvenes ricos” sobre el “joven pobre”, eludiendo el problema del Estado y su carácter capitalista, propagandizando y haciendo un “culto del joven pobre” (al que sólo le ofrecen un imaginario inmediato, anulando perspectivas pacientes y futuras). Mucho menos la respuesta puede estar en la degradación de la militancia de izquierda o centroizquierda, que ocupa su valioso tiempo (o por lo menos el nuestro sí es valioso) en administrar los bares y las fotocopiadores usadas por la elite de jóvenes que acceden a la UBA, siguiendo la tradición de corrientes patronales (como la Franja Morada). No sólo esta práctica degrada y degradó a una posible y valiosa “generación FUBA”  (aparte de haber aplastado los elementos más convulsivos o protoconvulsimos del movimiento estudiantil por el propio peso de una práctica buroratizante) sino que es la base material para corromper a una militancia de izquierda que en un primer momento se puede haber manifestado como genuina en más de uno de ellos y ellas.

El crecimiento y visibilidad de la izquierda trotskista en la Argentina, en un marco donde la juventud adquiere protagonismo y la clase obrera da sus primeros pasos de intervención en el escenario nacional e internacional; la alta votación al FIT en la juventud estudiantil y trabajadora; junto con el botón de muestra que significaron las elecciones en la UBA, abren un sinfín de interrogantes de cómo avanzar en construir en el plano nacional, pero desde un punto de vista internacional, una juventud revolucionaria. El PTS que, contra la corriente, durante los últimos años ha dado pequeños pasos en este sentido enfrenta una gran responsabilidad.

Por eso debemos proponernos enfrentar esta campaña reaccionaria en cada lugar de estudio y trabajo a la vez que popularizamos nuestra estrategia obrera y popular para terminar, al fin, con los flagelos sistémicos. Esto inevitablemente nos llevará a debatir públicamente entre las fuerzas del FIT las diferencias que tenemos en este terreno. Pero la campaña del Frente de Izquierda hacia octubre no puede eludir este problema-preparación estratégico/a.

Más allá de la coyuntura actual, hace falta combinar una visión de la juventud en su profundidad estructural, con los elementos más inmediatos y subjetivos que pueden jugar un rol dinamizador en ir sellando los primeros pasos del recorrido que nos proponemos. Un proyecto político que debe reconstruir un imaginario que han dado por muerto, en el marco de estos años de triunfalismo. Pero a la vez debe proponerse delinear los trazos de otra imagen del futuro, superior a todo lo hecho y a todo lo dicho.

Categorías: Juventud, Militancia, Movimiento Estudiantil, Movimiento Obrero, Partido, Universidad | Deja un comentario

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