Revolución pasiva y “nuevo conformismo” en Gramsci desde Trotsky

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El período de entreguerras se caracterizó porque Inglaterra ya no podía ejercer su antiguo rol hegemónico, y porque Estados Unidos no estaba aún en condiciones de ejercer esa hegemonía. La primera guerra mundial, en palabras de Joshua, puso en evidencia estas contradicciones, y la segunda, las resolvió[1]. En ese marco se dan los debates convergentes y divergentes entre León Trotsky y Antonio Gramsci, ambos teóricos revolucionarios, en ese entonces, de la Tercera Internacional.

En el artículo de la revista Estrategia Internacional, Emilio Albamonte y Manolo Romano[2], resaltan que el primer punto de encuentro entre ambos revolucionarios es que destacan el rol de Estados Unidos como nueva potencia mundial ante la declinante hegemonía de Inglaterra, compartiendo como punto de partida un mismo punto de vista metodológico.

Ambos hacen especial hincapié en la ley de la productividad del trabajo. Para León Trotsky ésta es importante por la forma superior que le dio Estados Unidos, expresada en la producción en cadena, estandarizada o en masa. Era el “americanismo” del que habla Antonio Gramsci: los nuevos métodos de trabajo, un nuevo modo de vivir, pensar y sentir. “El paso del viejo individualismo económico a la economía planificada”[3]. En un muy interesante planteo, Antonio Gramsci sintetiza que la hegemonía norteamericana nace en la fábrica, ya que Estados Unidos mediante la fuerza y la persuasión logró racionalizar la producción y el trabajo e hizo girar toda la vida del país alrededor de la producción. Para ambos autores la superioridad de los Estados Unidos se basaba, entonces, en la productividad del trabajo.

La segunda convergencia entre ambos autores se establece alrededor de que comparten la definición sobre la relación de fuerzas que se estableció a la salida de la primera guerra. En 1921, León Trotsky presenta un Informe al III Congreso de la Internacional Comunista donde hablará de “equilibrio inestable” o “estabilización relativa”, incorporando en su análisis el papel que juegan los factores subjetivos en la marcha de la economía capitalista, cuestión propia de la época imperialista de crisis, guerras y revoluciones. Antonio Gramsci aparte de ser parte de este patrimonio teórico “desarrolla el concepto de ‘crisis orgánica’ que, aunque es aplicado fundamentalmente en el terreno del Estado Nacional, es asimilable al de ‘ruptura del equilibrio capitalista’ que Trotsky utiliza para el análisis internacional.[4]. La originalidad de ambos teóricos revolucionarios de la III Internacional yacía en que se ubicaban desde el anticatastrofismo económico, lejos del determinismo que se le criticaba a la Segunda Internacional.

Los años ´20, no serán iguales a los ´30; con el cambio de década se presenta un cambio de signo que lo marca la crisis de 1929, con epicentro en los Estados Unidos, y que trajo aparejadas consecuencias que León Trotsky adelantó.

En ese marco Antonio Gramsci se preguntaba si el nuevo “americanismo”, del cual hablábamos, podría constituir una nueva época histórica, si podría determinar un desarrollo gradual del tipo de las revoluciones pasivas del siglo pasado (en relación con el concepto de “revoluciones desde arriba” de Marx y Engels). En esta relación que establecía entre “americanismo” (como categoría económica social) y “revolución pasiva” (como categoría política) que él consideraba un proceso de revolución-restauración, ponía el acento en que era posible una readecuación reformista del capitalismo. Impresionado por las tendencias estabilizadoras de los años ´20, (aunque al igual que Trotsky mantenía que esta era una estabilización relativa propia de un equilibrio inestable), su preocupación se centró en el posible intento de respuesta reaccionaria (por las readecuaciones en el Estado y en la política económica estatal) por parte de la burguesía. Para él las consecuencias de este intento serían de largo a mediano plazo, y tendrían como objetivo crear las bases de un nuevo “conformismo” (entendido como un nuevo consenso). Este nuevo conformismo tendría como objetivo impedir la hegemonía del proletariado, bloquear que se desarrollen revoluciones como la rusa (en este sentido tiene un carácter de revolución-restauración) y sortear las crisis orgánicas de la burguesía; en síntesis era el intento de la burguesía de poner un freno a la expansión de la revolución proletaria.

Hay en este planteo de Gramsci una sobreestimación de las fuerzas del enemigo, que tiene su base material en el “americanismo” (que lo expresa hasta como una forma de “sentir y vivir”) y en el ascenso del fascismo italiano. La idea innovadora de consenso y nuevo conformismo (ligada a su concepto de hegemonía), surge de que “el inédito fenómeno del fascismo italiano no es pura represión sino que, además, intenta lograr un nuevo consenso entre amplias capas de las masas.[5]. Del impacto que le producen estos dos fenómenos surge su pregunta sobre si es posible o no estar a las puertas de una nueva época.

Según Gramsci  la “revolución pasiva”, en la época imperialista, se cristalizaría en la “transformación de la estructura económica de modo reformista”[6], lo que le permitiría al capitalismo saltear o superar su fase catastrófica. Esta concepción según mi visión presenta un límite en el pensamiento del autor porque contradice aspectos de los postulados teóricos que dan cuenta de la naturaleza y dinámica del capitalismo en la época actual, basada en la teoría del imperialismo de Lenin, que demuestran la imposibilidad de una regeneración del capitalismo, salvo a costa de una gran derrota, de dimensiones históricas nunca vistas, del proletariado internacional.

Las dos salidas capitalistas, que Gramsci describe, estarían representadas en el americanismo del New Deal y en el fascismo. Estos son los dos fenómenos que aborda con este concepto de “revolución pasiva”. Lo que expresan ambos, según su planteo, es la posibilidad de relanzar el capitalismo sobre nuevas bases, sobre esa transformación, que es objetivamente contra el proletariado. “El americanismo y hasta el fascismo son para Gramsci intentos de ‘modernizar’ el capitalismo ‘desde arriba’ y ambos son asimilables al concepto de ‘revolución pasiva’ que aparece, en primera instancia, como una categoría económico-social, pero que incluye y necesita de importantes transformaciones estatales.”[7]. Este proceso necesitaba de un nuevo tipo de Estado y de una nueva relación de fuerzas con las clases subalternas. En Gramsci prevalece una visión pacifica de esta transformación, contrariamente a Trotsky que visualizará las tendencias a la guerra.

Ya incluso antes de 1929 León Trotsky, sin separarse de la teoría del imperialismo de Lenin, adelantó las tendencias y contradicciones interimperialistas latentes que crearían nuevas condiciones para procesos revolucionarios, y también para una nueva guerra. Centró mayormente su análisis en que Estados Unidos ejercería en momentos de crisis su hegemonía “de manera más completa, descarada y brutal que en un período de auge”[8].

En 1929, cuando se rompe finalmente el viejo equilibrio inestable abriendo un periodo de crisis capitalista catastrófica, Trotsky al igual que Gramsci no subestima la potencialidad del imperialismo norteamericano, pero a diferencia del revolucionario italiano, hace hincapié en que su superioridad no se iba a consolidar pacíficamente, sobre todo frente al viejo mundo europeo. “Trotsky capta mejor que Gramsci el sentido de la época de crisis, guerras y revoluciones: el americanismo para imponerse mundialmente necesitaba hacerlo a expensas de Europa, y con ello, conduciría a una nueva guerra.”[9].

La principal controversia en este período entre los dos revolucionarios de la Tercera Internacional, se dio entre la posición de Trotsky que, siguiendo a Lenin, veía en las potencias “estados de rapiña” que conducirían a las guerras y las catástrofes; y la de Gramsci que a través del concepto de “revolución pasiva”,  pone el acento en el desarrollo de un proceso de carácter evolutivo, de tipo reformista. Las consecuencias de estas divergencias se expresarán en que Trotsky enfrentará los nuevos fenómenos de este periodo, y los posteriores, con una mayor claridad estratégica. Mantiene un mismo criterio metodológico entre las dos décadas tomando en su noción de equilibrio capitalista las tendencias y contradicciones de la economía mundial, la relación entre los Estados y la lucha de clases, pero dando cuenta, mejor que Gramsci, del cambio de signo pos crisis del ’29. León Trotsky, debido a este acierto en la lectura de la nueva situación, contó con un mayor rearme estratégico frente a la proliferación de nuevos fenómenos que abrió esta situación, y vio en la guerra la partera de nuevas revoluciones.

Gramsci, a través de su concepto de “revolución pasiva”, pecó de un “gradualismo a destiempo[10] porque la tendencia en el período de entreguerras no fue hacia la renovación del capitalismo como éste alertó, y menos se podía dar de manera pacífica, evolutiva y reformista. Las propias características de la época imperialista contradecían esa visión. Pero sí se convirtió en un concepto pertinente para explicar la posguerra que a través de la destrucción masiva de fuerzas productivas permitió la consolidación de Estados Unidos como potencia hegemónica y la extensión a gran escala del fordismo (americanismo), sobre la base de la derrota europea, especialmente de Alemania y Japón. Podemos decir que la salida de la segunda guerra mundial permitió la ´”renovación” del capitalismo, la transformación de la que hablaba el revolucionario italiano, pero sólo por un periodo excepcional. Lo que Gramsci no terminó de destacar en los años ´20 y ´30, es que se necesitaba imponer un nuevo consenso (un nuevo “conformismo”) incompatible de conseguir de forma pacífica, imponiendo una nueva relación de fuerzas mundial, que sólo se estableció a la salida de la segunda guerra mundial, cuando se convirtió en aplicable su concepto de “revolución pasiva”. Su aplicación es sólo para un período excepcional, donde el capitalismo igualmente nunca logró una regeneración orgánica de sus bases.

El término de “revolución pasiva” de Gramsci cobró relevancia, y fue pertinente y aplicable después de la segunda guerra mundial, por las condiciones de la posguerra, entre ellas por: la destrucción masiva de fuerzas productivas que permitió una transformación de la base económica, dando lugar al “desarrollo parcial de las fuerzas productivas”[11]; la salida de Estados Unidos de la guerra como potencia hegemónica y el triunfo del “americanismo” dando lugar a un nuevo tipo de Estado (que será el keynesianismo) y el represtigio de la burocracia estalinista que selló los acuerdos de Potsdam y Yalta, y llevó adelante “revoluciones desde arriba” en los países del Este.

Siguiendo el artículo de Albamonte y Romano, el concepto de “revolución pasiva” podría aplicarse a dos situaciones particulares: a) “en los países capitalistas con el “keynesianismo”, es decir el New Deal hecho ‘razón de estado’ cuyos rasgos esenciales en las relaciones estatales con la economía y las masas Gramsci, como vimos, anticipa antes de la guerra (…)” y b) a” las controvertidas revoluciones en el Este de Europa entre los años ’43 y ’48 que se hicieron en base a las ocupaciones del Ejército Rojo en el territorio de donde se desplazó al nazismo como en Polonia, Hungría, Checoslovaquia y hasta en la mitad de Alemania podrían también denominarse revoluciones pasivas proletarias.”[12].

Lo que está de fondo en cada una de estas expresiones del concepto de “revolución pasiva” es que lo que se llevó adelante fue un proceso en respuesta al ascenso obrero y de masas con “concesiones reformistas para neutralizar a las clases subordinadas”[13]. Más allá del período excepcional de 1943-1949, los llamados eslabones débiles se expresaron en el proletariado y las masas de los países coloniales y semicoloniales, y fue el fortalecimiento del aparato estalinista mundial quien impidió que ello impacte de forma decidida en los centros imperialistas trasladando allí la revolución. La fórmula de Trotsky preveía que en los países periféricos se podría llegar antes a la toma del poder, sin embargo sería más difícil llevar adelante la transición al socialismo. Mientras que la revolución se debía trasladar a los centros imperialistas, donde la toma del poder sería más costosa, pero más rápida la transición. Pero el rol del estalinismo, que ya desde los años ´30, boicoteaba la dinámica de extender la revolución al plano internacional, en el periodo del Orden de Yalta jugó un rol determinante como factor de contención, cuestión que Trotsky visualizó con mucha mayor claridad que Gramsci. “[El] estalinismo, prestigiado a los ojos de las masas por la derrota del ejercito alemán en Stalingrado, no sólo no sucumbió ante ese ascenso sino que fue capaz de desarmar dichos procesos, contener a la clase obrera y poner sus organizaciones al servicio de la reconstrucción capitalista (“americanista”) de Europa.”[14].

Por esta serie de nuevas condiciones objetivas y subjetivas, entre otras, se establece un bloqueo de la dinámica permanente de la revolución. Por un lado, el crecimiento parcial de las fuerzas productivas dio lugar a una nueva estabilidad capitalista de carácter excepcional. Ésta fue la base material para el Estado keynesiano generando una pronunciada aristocracia obrera en los países centrales imperialistas en base a una política de reformas. Con el represtigio de la burocracia estalinista, el reparto del mundo y el acuerdo de Potsdam y Yalta, se formaron nuevos Estados donde se expropió al capital y se fortalecieron las direcciones contrarrevolucionarias. En ambos casos se institucionalizaron conquistas materiales para el proletariado. Este nuevo escenario mundial, estas condiciones objetivas, generaron la base para un  “nuevo conformismo” en los términos de Gramsci, con el consiguiente fortalecimiento de las direcciones estalinista y socialdemócrata.

Esta situación, junto a las adaptaciones del trotskismo de Yalta, permitió la ruptura histórica en la continuidad del marxismo revolucionario.“Las relaciones recíprocas entre las metrópolis, las semicolonias y la vieja Unión Soviética de pre-guerra, que estaban planteadas en la Teoría de la Revolución Permanente y el Programa de Transición heredados de la época de Trotsky eran un valioso álgebra del marxismo pero al que había que dar nuevos valores concretos para guiar la práctica revolucionaria.”[15]. Desde el punto de vista subjetivo, mientras las tendencias a la revolución se trasladaban a los “eslabones débiles de la cadena” (a la periferia semicolonial) el rol de estalinismo fue el de frenar los procesos revolucionarios en su estadio democrático burgués, bloqueando el primer sentido de la revolución socialista como permanente. A su vez impidió cualquier intento de extender la revolución del plano nacional al internacional siendo el stalinismo el abanderado de negarse a “construir el socialismo hasta las últimas consecuencias[16]. Lo que intentaban, y lo hicieron con éxito, sobre la base objetiva de la segunda posguerra fue no extender la revolución internacional sino bloquear su dinámica.


[1] Estrategia Internacional (E.I.) Nro. 19.

[2] EI 19.

[3] EI 19.

[4] EI 19.

[5] EI 19.

[6] EI 19.

[7] EI 19.

[8] EI 19.

[9] EI 19.

[10] EI 19.

[11] EI 19.

[12] EI 19.

[13] EI 19.

[14] EI 19.

[15] EI 19.

[16] Trotsky, L.: Tres concepciones de la Revolución Rusa en La teoría de la revolución permanente (comp..), Ceip, 2005.

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